Para saber con certeza lo ocurrido, me tocó esperar que los licenciados en Historia del Liceo de Bolívar reflexionaran sin abalorios, los sucesos del 20 de julio de 1810, ‘Revuelta del florero de Llorente’, encabezados por Camilo Torres, Jorge Tadeo, Antonio Morales, Francisco José de Caldas, descendientes hispánicos, quienes decidieron montarse en el potro del gobierno y, sin duda, el florero para adornar el banquete fue excusa milimétricamente planificada, buscando desestabilizar el régimen. No extrañó que, cuando Rubio y José María Carbonell llegaron a la tienda de José González Llorente, solicitando prestado el flórelo para adornar la mesa del banquete en honor del líder popular Antonio Villavicencio y, al negarse, el súbdito español cayó en la trampa: indignados conformaron Junta de Gobierno, Cabildo Abierto, Junta Suprema encabezada por José María Carbonell; movilizaciones populares, revueltas emancipadoras, mientras Llorente fue tomado como instrumento circunstancial.
Trascurría la época del asfixiante centralismo, excluyendo criollos, en el marco del vacío de autoridad propiciado por la invasión napoleónica a España. El plato estaba servido: crearon Junta Suprema de Gobierno rebosante de ideas republicanas y ‘Cabildo Abierto’, signos vitales de autonomía; sin embargo, aquel ideario independentista se convirtió en quimera: con el paso de los años y siglos persiste igual agitación con distintos actores e idénticas propuestas: al presidente Gustavo Petro se le escucha disertar sobre cabildo abierto, confrontando, peligrosamente, pesos y contrapesos de nuestra Democracia, instando movilizaciones por aquellos históricamente excluidos. El pasado 20 de julio, 215 años después, la historia del florero se repite, cinematográficamente, en la Casa de Nariño, mientras los ciudadanos nos conforma vivir sin sobresaltos, hacer las paces, extinguir amenazas, cobijados por JUSTICIA sin mácula.
Pero las matemáticas son tozudas: durante todo ese tiempo desfilaron 7 a 9 generaciones de colombianos escuchando hablar del famoso florero, reclamando justicia y dignidad mientras nuestra historia continúa manchada de odio y sangre, violencia política, guerrillas, paramilitares y no aparece la Paz Total ofrecida en campaña. Cuestión de matemática: transcurridos más de dos siglos de vida republicana, entre 7 y 9 generaciones de colombianos nacimos, crecimos y envejecimos, sin conocer un solo día sin escaramuzas, noches sin sobresaltos, heredando miedos y odios en lugar de certezas benevolentes, donde fusiles, hambre, desplazamiento forzado, abandono estatal, sean los reales enemigos del pueblo. ¿Quién lo duda? La paz no se hereda, germina en corazones, florece en la la familia; no se firma con tinta, sino con actos cotidianos de grandeza, respeto al contradictor. ¡Ya no más floreros de Llorente! ni discursos cargados de veneno de parte y parte, como los del pasado 20 de julio, Capitolio Nacional. ¿Qué ejemplo estamos dando? La Paz auténtica y duradera jamás se obtiene con madrazos y arrogancia, manjar predilecto de los dictadores.
