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Columna

Buscar bienes eternos

“Servir y amar a Dios en todo. En otras palabras, una vida sabia es una vida con dirección, con propósito”.

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

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Las lecturas de hoy* hacen énfasis especial en la necesidad de no vivir apegados a los bienes terrenos, sino de buscar los bienes eternos: aquellos que nos hacen experimentar gozos profundos en el alma y que nos preparan para la vida plena con Cristo Jesús.

La primera lectura nos recuerda que, cuando nos enfocamos solo en lo terrenal o en acumular, nos guía la vanidad: “Vanidad de vanidades, todo es pura vanidad”.

En el salmo pedimos a Dios un corazón sensato, para calcular nuestros años y prepararnos para la eternidad. Dice también: “Si nos abrimos a su misericordia, experimentaremos desde esta vida la alegría y el júbilo. Si baja a nosotros la bondad del Señor, se hacen prósperas las obras de nuestras manos.”

Nuestro Señor nos advierte sobre toda clase de codicia y nos llama a ser ricos ante Dios. Nos anima a no encerrarnos en nosotros mismos, sino compartir generosamente con los demás.

Podemos evidenciar en la vida corriente que la prosperidad que perdura nace de bienes y servicios ofrecidos con amor, bien realizados, y la sociedad los retribuye de forma natural. En cambio, cuando el énfasis está en el dinero, podemos obviar principios y valores, desviándonos de los mandamientos. Esto puede llevarnos a obtener ganancias más rápidas, pero a costa de la salud de nuestras almas y del bien común.

San Pablo nos exhorta a dar muerte a lo terreno: la fornicación, la impureza, la pasión desordenada, la codicia y la avaricia -esta última considerada una forma de idolatría-. Nos invita a despojarnos del hombre viejo y a revestirnos de Cristo, quien nos renueva y nos impulsa a aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra, con la promesa: “Cuando aparezca Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán gloriosos juntamente con Él.”

El 31 de julio recordamos a San Ignacio de Loyola, quien vivía una vida muy cómoda y llena de privilegios y cuando renunció a ellos y entregó su vida a Cristo, fue más feliz que nunca y aún, después de muchos años de su partida, sigue siendo inspiración para muchos para hacer todo por la gloria de Dios. Nos enseña que, a la hora de discernir nuestros actos, hagamos aquellos que le dan más gloria a Dios.

San Ignacio afirmaba: “El propósito de Dios al crearnos es sacar de nosotros una respuesta de amor y servicio aquí en la tierra, para que podamos alcanzar nuestra meta de felicidad eterna con Él en el cielo”.

Para él, la sabiduría no era solo conocimiento o inteligencia, sino la capacidad de vivir orientados hacia un fin mayor: servir y amar a Dios en todo. En otras palabras, una vida sabia es una vida con dirección, con sentido, con propósito.

Que Dios nos conceda la gracia de concentrarnos en los bienes eternos, y todo lo demás vendrá por añadidura.

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