Pudiendo ser el Felipe González de Colombia (Presidente español que en 1982 demostró que podía gobernar la izquierda y transformar el país manteniendo la seguridad y la estabilidad), Petro a los tres años de gobierno aparece como la historia de una ocasión perdida. Recientemente leía un artículo de El País, de España, donde con gráficos se intentaban explicar las luces y sombras del trienio de la actual administración colombiana. El resumen sería que no se ha hundido el mundo, pero que tampoco ha tenido lugar ningún éxito destacable: ha descendido ligeramente el número de homicidios, pero ha aumentado el de secuestros; han bajado tanto la pobreza extrema, como la monetaria, pero en ningún caso en cifras llamativas; el PIB crece, pero en cifras escasas, de apenas dos puntos, para una economía aún no plenamente desarrollada como lo es la colombiana, que tendría que crecer cercana a los dos dígitos; la inflación está más o menos contenida, pero más que dobla el objetivo del 2% que buscan todas las grandes economías; etc.
La sensación general que desde fuera se percibe es que Colombia no se va a convertir en Venezuela, como pensaban los más agoreros, pero tampoco va a vivir ningún milagro económico, como esperaban los más optimistas. La Presidencia de Petro no pasará a la historia por ningún gran logro, pero tampoco será recordada como la hecatombe. Y eso, que en cualquier país desarrollado no sería tan malo, que incluso podría verse como algo bueno, en Colombia es muy decepcionante; porque Colombia es aún un país muy pobre. Un país que tiene todo para vivir un milagro económico y transformarse en un motor económico latinoamericano y que, sin embargo, pasan los años y no lo hace.
Los tres últimos años han servido para demostrar que la alternativa política pacífica en el poder es posible. Eso es una gran mejora. Y para cualquiera que de verdad valore la democracia es esencial; pero no han servido para el despegue económico y social tan necesario y esperado. Los miles de colombianos que emigran día tras día demuestran que la ciudadanía no tiene fe en su país y que el desencanto es generalizado. Vista así, la Presidencia Petro es una gran decepción, no por los desafueros, que no ha cometido, sino por los éxitos que no ha logrado. La izquierda vino y no pasó nada. He ahí el problema. Que literalmente no pasó nada. Y Colombia necesita que comiencen a pasar cosas, si quiere de una vez convertirse en aquello que merece ser.
