Tan solo verla y la extraordinaria belleza de Sakuya hizo germinar la desbordante ansiedad de poseerla y la angustia ante la posibilidad de vivir sin tenerla. Decidido se dirigió al padre, el amo de las montañas, para pedirle autorización y desposarla. El padre, generoso a ultranza y en demasía, ofreció a sus dos hijas: Sakuya, hermosa hasta la incredulidad, y la otra, Iwanaga, tan fea como la utopía.
El hombre no dudó un instante y escogió únicamente a la hermosa. El dios decepcionado le dijo: te las ofrecí y pudiste tener a ambas. ¡Pero no!, tenías que escoger a Sakuya (la flor del cerezo), temporal prosperidad y finita belleza. Además, pudiste tener a Iwanaga (la piedra), bendecida con la eternidad; pero al quedarte con una desechaste a la otra. Por ello en adelante tu vida será breve y mortal.
Lo anterior es tan solo un amañado resumen de parte de la mitología japonesa que ilustra, a su manera, como adquirimos la vida efímera. La decisión de vivir para siempre no está en nuestras manos como individuos, pero sí como sociedad, como país y como especie. Sin embargo, como especie todo cuanto hacemos va en contravía y el liderazgo que escogemos, de un tiempo a esta parte, promueve lo efímero destruyendo de paso la única casa que aún tenemos mientras gastamos fortunas en búsqueda de otros mundos que aún no existen. Como país ni siquiera los conceptos de nación y patria nos unen y la muerte solo nos estremece temporalmente para enseguida dividirnos aún más.

El magistrado de los favores
Liz Carolina Bermúdez CarrilloComo individuos tenemos el poder de escoger el tipo de existencia que vivimos y ello puede redundar en más y mejor vida y salud. Pero, escogemos lo efímero, el enceguecedor brillo de un segundo a la armoniosa durabilidad de la coherencia. De esto mucho se ha escrito: el hermoso poema de Edna Millay, “mi vela arde por ambos lados, no durará toda la noche; pero ¡ah, mis enemigos, y oh, mis amigos!, ¡da una luz tan hermosa!”. O el lapidario Kurt Cobain, “es mejor quemarse que apagarse lentamente”.
La soberbia de la juventud, la petulancia del poder, las exhibicionistas sofisticaciones de nuestra fatua humanidad nos impiden apreciar el sosiego que solo la certeza puede dar. Y es allí donde cualquier credo o consideración trascendental debiera tropezar con la difícil y casi utópica recomendación de Marco Aurelio, “lleva una buena vida. Si hay dioses y son justos, no se preocuparán por qué tan devoto fuiste. En cambio, te darán la bienvenida basándose en las virtudes que has tenido en vida. Si hay dioses, pero son injustos, entonces no te gustaría alabarlos. Si no hay dioses, entonces simplemente tu vida habrá terminado, pero habrá sido noble y tu recuerdo vivirá en la memoria de los que amas”.
