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Columna

‘¿Lo mejor es lo que pasa?’

“Cada cuatro años nos aferramos a la frase del hijo mayor de Aracataca, intentando exorcizar la desgracia: “Colombia es una nación unida por la diversidad...”.

HENRY VERGARA SAGBINI

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Los colombianos, desde tiempos inmemoriales, nos acostumbramos a levantarnos y volver a comenzar arrojando al saco del olvido tragedias y frustraciones aferrados a que, ‘Siempre, ¡Siempre!, se puede empezar de nuevo’, apropiándonos de la sabiduría ancestral, ahora llamada ‘Resiliencia’, invitación a no rendirse, aceptando lo inevitable con serenidad y cabalgando sobre Rocinante, enfrentando, una y mil veces, víboras y gigantes reales o imaginarios: ‘Al mal tiempo, buena cara’, ‘Más sabe el diablo por viejo que por diablo’, ‘A buen hambre, no hay mal pan’, ‘Dios aprieta, pero no ahoga’, ‘No hay mal que por bien no venga’, ‘Lo mejor es lo que pasa’, frases extraídas de la sabiduría popular incitándonos a levantamos, seguir el camino aun con el alma rota y las sandalias desmigajadas.

Los colombianos sí que sabemos de golpes, pérdidas y desengaños, convencidos de que, superada la crisis, germinarán fuerzas solidarias incrementando al infinito, la creatividad que nos caracteriza en cualquier punto del globo terráqueo, aferrados al aforismo español: ‘Lo mejor es lo que pasa’, invitándonos a ver, en lo inevitable, bienaventuranzas: ‘Dios sabe lo que hace’, preguntándonos, una y otra vez, por qué tolera tanto sufrimiento y desigualdad, violencia, desenfreno, por qué mueren de hambre y sed miles de niños en un país con mares profundos, ríos caudalosos, tierras fértiles, bosques y selvas pletóricas de oxígeno y riquezas insuperables.

Cada cuatro años nos aferramos a la frase del hijo mayor de Aracataca, intentando exorcizar la desgracia: “Colombia es una nación unida por la diversidad, forjada por la historia y encaminada hacia un futuro de esperanza, pero condenada a cien años de injusticias y soledades”. Sin embargo, Miguel de Cervantes Saavedra nos incita a “No perder la esperanza, pues todas las borrascas que nos suceden son señales inequívocas de que pronto se ha de serenar el tiempo: no es posible que el mal ni el bien sean durables, por lo que habiendo durado mucho el mal, el bien se acerca”. ¿Quién lo duda? Este no es el país que soñamos ni merecemos, condenados, eternamente, a la violencia, escándalos e inequidades, génesis de todas las desgracias; pero llegó la hora de arrebatarle el protagonismo a los egos, ideologías y el filo a la espada de Bolívar, enfundándonos la túnica del Buen Samaritano, construyendo entre todos, sin confrontaciones ni madrazos, el país justo y equitativo que merecemos en hogares, tribunales, escuelas, tronos, factorías y azadones; un país donde el pan sobre la mesa no sea un milagro, los abuelos se marchen orgullosos, sonrientes y las madres no lloren al hijo que jamás volverá. Lo mejor no es lo que pasa: el país que merecemos se construye entre todos, donde vivir no sea un milagro ni acto de valentía, sino un DERECHO sin odios ni cicatrices.

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