En momentos en los cuales las sociedades se enfrentan a cambios o transformaciones en sus estructuras, es conveniente llamar la atención en algunos aspectos de lo que ocurre en lo que se llama las mentalidades, valores, percepciones e imaginarios; sabiendo que son muy rápidos los cambios en los aspectos físicos, como en la infraestructura o la movilidad, menos rápidos en los comportamientos económicos, como por ejemplo en las formas y modelos de consumo, pero muy lentos los cambios que muchas sociedades presentan en los aspectos sociales y culturales, máxime cuando detrás de muchos comportamientos se esconden patrones culturales y valores que ocultan o perpetúan expresiones de sociedades atrasadas, como el machismo, la discriminación, diversas formas de exclusión y la subvaloración por múltiples aspectos de lo que esos grupos sociales no comparten o consideran ajenos, como a otros grupos étnicos o poblacionales, a las mujeres y a los niños, pero también cuando esos cambios los pueden percibir consciente o inconscientemente como amenazas a riesgos para lo que conocen o perciben como suyo.
Se han venido perpetuando expresiones que ocultan, propician o por lo menos toleran conductas reprochables, inaceptables en una sociedad moderna, en un relacionamiento sustentado por los derechos individuales y colectivos y en un contexto alejado cada día más de patrones típicos de sociedades pre-capitalistas o pre-modernas. Cuando se excusa algo inaceptable con la frase de que “eso es cultural” o de que “somos folclóricos” o de que “eso siempre se ha hecho así” o de que, “aquí somos así”, se está recurriendo a la salida más fácil, rápida e irresponsable para conservar cosas que no debemos perpetuar. Detrás de esas expresiones se oculta negligencia, falta de criterios, incapacidad de asumir la sanción o el rechazo público de algo sobre lo cual no nos atrevemos a decir con su propio nombre, pero que sabemos que no debemos tolerar.
En la edición del viernes pasado de este diario, dos mujeres brillantes nos hicieron recordar aspectos que no podemos seguir viendo como parte del paisaje. Mayra Rodríguez nos enfrenta a un tema que parece tabú, el de miles de niños con padres ausentes, sin ninguna presencia ni responsabilidad en la protección y crianza de sus hijos, lo que ella llama ‘niños huérfanos de padres vivos’, que con enorme frescura algunos siguen considerando como normal en nuestra sociedad; y Elsy Domínguez nos lleva a la necesidad de asumir la salud mental como un derecho individual y colectivo. En unos casos como necesidad de atención a los problemas en los cuales nos vemos abocados cada día, y el otro por las consecuencias de décadas de conflictos colectivos sin resolverse y que a su manera muchas comunidades van enfrentando y asumiendo, casi siempre sin el acompañamiento ni el apoyo debido. Nada de eso que se viene perpetuando en estos campos es cultural ni folclórico.
*Sociólogo.
