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Columna

Repertorio en peligro

“Por desgracia, se acostumbra a condenar todo lo incómodamente moderno —como Grau o Jattin— a ese asilo de leprosos y apestado...”.

Francisco Lequerica

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En el tránsito forzoso de una época a otra, experimentadas las vicisitudes de las convulsiones sociales que suele suscitar la novedad, se arroja una mirada al pasado que nutre la idea de lo futuro. Lo descartado se reconsidera como si hubiese adquirido nuevas cualidades al alejarse del escrutinio, o que pudiese revelar al observador contemporáneo alguna esencia arcana que nunca antes convino rescatar. Lo olvidado no cesa necesariamente de influir: Mendelssohn, por ejemplo, redescubrió el evangelio de Bach en una biblioteca de Leipzig, y Pärt —quien cumplió 90 años este mes— halló su paradigma en el estudio de músicas prerrenacentistas. El Conservatorio Adolfo Mejía Navarro de Unibac lidera hoy la gran labor investigativa, académica y editorial que supone el rescate de la obra y figura del compositor cuyo nombre ostenta aunque, durante casi medio siglo, poco se conocieron los hitos del maestro.

Es de deplorar que de otros compositores sinfónicos del Caribe colombiano haya tan poca o nula divulgación editorial e interpretativa, como para el nombrado Raúl Mojica, los cartageneros Jaime León Ferro y Guillermo Espinosa Grau, y los barranquilleros Biava, Camacho y Cano, Neuman del Castillo y De la Hoz. En el artículo ‘Repertorio académico del Caribe colombiano: patrimonio en peligro’, firmado por la Dra. Ángela Marín Niebles y publicado por la Universidad Simón Bolívar en 2018, se suman a los nombres mencionados y al de Mejía los de 17 otros compositores de la región, incluido el mío. Se menciona que Gloria Bermúdez, hija del inmortal compositor “Lucho” Bermúdez, no logró la circulación de partituras inéditas de su padre para orquesta sinfónica, que albergarían una faceta singular de su obra. El triste panorama que con rigor traza la Dra. Marín, acerca de la aguda pérdida patrimonial que supone esta continuidad de olvidos sucesivos, me conduce a una amarga abnegación tras considerar mi presencia en dicha lista y constatar que las apariencias y los criterios políticos siguen primando hoy sobre la valía de cualquier obra.

Lo asombroso es que, en una ciudad curtida de asedios foráneos y flujos conceptuales, que ha visto entrar y salir modernidades sucesivas durante sus últimos cinco siglos de existencia, toque esperar al medio siglo de haber pasado a mejor vida para que la academia reciba el permiso oficial de investigar un legado artístico. Por desgracia, se acostumbra a condenar todo lo incómodamente moderno —como Grau o Jattin— a ese asilo de leprosos y apestados sobre el que filosofa Foucault en su ‘Historia de la locura en la época clásica’. El éxito de la institucionalidad en su misión natural de salvaguardar nuestros repertorios pasados y presentes depende de que la coherencia académica y la ética personal no pandeen, ni por apatías ni por antipatías.

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