Hubo un político catalán del siglo XX que decía que en política se puede hacer todo menos el ridículo. Es un buen consejo. Cabría recordárselo a nuestros amados y nunca suficientemente valorados líderes cada vez que se dirigen a un micrófono. Especialmente, cuando es bien sabido que algunos de ellos (tristemente, cada vez más) tienen una tendencia irrefrenable a decir lo primero que se les ocurre cada vez que hablan o actúan en público o, peor aún, demuestran traer ensayada de casa la siguiente ocurrencia, el nuevo exabrupto o, disculpen mi lenguaje, la última imbecilidad que sus asesores le han propuesto decir para aparecer en las redes sociales, salir en los titulares, llamar la atención y, como dirían los franceses, épater les bourgeois.
Ha llegado un punto en que uno ya no sabe si dicen lo que dicen por el tan político afán de ser el centro de atención o es que de verdad se creen lo que dicen. ¿Qué es peor, estar en manos de un demagogo o de un tarado? O de un tarado que además es un demagogo. Basta con escucharlos (no voy a decir nombres, pero sí, todos saben en quién estoy pensando) para que te asalte la duda de si ese señor está en sus cabales, si se encuentra en pleno dominio de sus facultades mentales o si, por el contrario, le han dejado sin apretar un par de tuercas en el cerebro esta mañana al despertarse o le han dado algún suplemento vitamínico más de la cuenta y el personaje se les ha ido de las manos. En nuestro compañero de trabajo, incluso en nuestra pareja, este tipo de situaciones, que de pronto te diga una absurdidad y que ponga cara de creérsela de verdad, resulta preocupante. Pero en las personas que dirigen la cosa pública, de quienes dependemos en tantos aspectos, es terrorífico. Más aun en los tiempos presentes en los que los líderes cada vez respetan menos los límites al poder y se creen que pueden hacer lo que quieren.
Un chiflado poderoso y convencido de su genialidad es una de las cosas más peligrosas a las que un país puede enfrentarse. La democracia son buenas instituciones, pero también es que los ciudadanos al votar traten de llevar al poder al menos loco de los candidatos. Porque locos todos lo están (alguien que de verdad piensa que puede y merece gobernar un país es alguien que no está del todo bien), pero hay límites a la locura. Y los estamos pasando todos alegre y desenfadadamente. En ellos no podemos confiar para moderarse. Hay que exigirnos responsabilidad a nosotros como ciudadanos y votantes.
