Indiscutiblemente, el expresidente Donald Trump es un jugador sagaz y un visionario. Lo respalda su experiencia como hábil negociador, clave de su éxito como empresario destacado. Extrapoladas esas cualidades al mundo de las relaciones internacionales, han permitido lo que hasta ahora parecía imposible: silenciar las armas en Gaza. Sus intentos por lograr lo mismo en Ucrania y su presión para restablecer la democracia en Venezuela lo ponen en la lista de aspirantes al Premio Nobel de Paz.
Este año, el Nobel fue asignado —con absoluto merecimiento— a María Corina Machado, por su entrega heroica para alcanzar una salida democrática a la usurpación del poder en Venezuela, detentado por la banda criminal del Cartel de los Soles.
Mientras tanto, en las sombras, hay un aspirante oculto que se retuerce de envidia y no reconoce el mérito de la galardonada. En su primera alocución al respecto, felicitó —con un retraso de 21 años— a la ya fallecida keniana Wangari Maathai. En una segunda intervención, criticó a la ganadora venezolana por una carta enviada en 2018 solicitando ayuda a Netanyahu. Pero no lo hemos escuchado cuestionar al régimen ilegal de Maduro. En cambio, lo vimos quejarse por los ataques ejecutados por la Marina estadounidense contra embarcaciones de narcotraficantes.
Lo peor fue su ridícula convocatoria para armar un batallón mercenario con la misión de liberar Gaza combatiendo a Israel. A sus seguidores inmediatos, que debían enarbolar la bandera de guerra con el grito de “Libertad o Muerte”, les faltó tiempo para excusarse. Uno dijo no poder ir por tener las hemorroides irritadas; otro, infestado de filarias en el Amazonas, alegó tener una potra que le impide correr; uno más sufre una hernia que, según él, frecuentemente se le encancera; otra explicó que está en tratamiento odontológico continuo porque apenas le están saliendo las muelas del juicio, y el último está en una terapia de desintoxicación intensiva y rehabilitación ambulatoria que no puede interrumpir.
Así fue derrotado en tierra el “temible” batallón por la libertad de Gaza, perdiendo por forfeit. Solo les quedó como gesto de protesta el uso de la kufiya, hatta o shemagh, sin conocer su verdadero significado, ni siquiera cómo se amarra.
La protesta por parte de dos colombianas capturadas mientras se desplazaban en la “flotilla de la desvergüenza” contrasta con el silencio respecto a los colombianos asesinados —y la secuestrada— por Hamás. También contrasta con la omisión frente al deterioro de la paz en nuestro propio territorio, donde se han tejido alianzas políticas con grupos criminales que, junto con la primera línea, presionarán las próximas elecciones al estilo de los colectivos en Venezuela.
Ni hablar de los dineros ilegales que fluyeron impunemente en la campaña pasada y que, con toda seguridad, volverán a fluir en esta.

