Los avances tecnológicos tienen sus ventajas inobjetables, sin embargo, también debemos reconocer que esos mismos adelantos nos atropellan en silencio por la cantidad de trabajos que van desapareciendo. Es como si viajáramos en un carro supersónico y en la carretera van quedando tiradas -cual basura galáctica- las profesiones desechadas.
Uno de esos trabajos olvidados fueron los famosos ‘anteneros’. Para quien no lo sabe, en los años 70 la señal de televisión la recibíamos vía satélite a través de una antena ubicada en el techo de las casas. La TV era en blanco y negro y nos movíamos entre dos canales que empezaban bien tarde, por estar enguayabados. Entonces, un ‘antenero’ era la persona que se contrataba para instalar o reparar esas antenas. Como la señal venía a la velocidad de un tísico maratonista y las imágenes saltaban más que un caballo escaldado, la importancia de un ‘antenero’ era manifiesta. Claro está, como también había familias aventureras que decidían reparar sus propias antenas, las fracturas por caída desde las alturas se volvieron frecuentes y los ortopedas vivieron bonanzas superiores a las bonanzas de los marimberos de los años 70.
Instalar una antena tenía su arte. El trabajo era una coordinación perfecta entre los movimientos del ‘antenero’ y de los que estaban abajo con la televisión. Por ello, cada vez que una casa perdía su señal, el barrio entero se enteraba ante la gritería de todos: “¡A la derecha! ¡Nooo, a la izquierda! ¡Ahí, ahí, ahí, para, para, bruto de m...!”. Y el centralismo se veía hasta en la señal de la TV: la clave era ubicar la antena en dirección hacia el cerro de ‘Chocontá’, cerca de Bogotá, donde Inravisión tenía su antena mayor.
Cómo olvidar el día que mi padre trajo un ‘antenero’ de Barranquilla. Como se acercaba el Mundial de Fútbol México 70 y nuestra TV andaba como alebrestada, hubo que traer a un grandes ligas, quien tenía el don de la ubicación geográfica, la mecánica cuántica y la brujería: el hombre dejó la TV amansada y, según entendí, le pagaron en dólares.
El problema grande vino días después, cuando a mi amigo Alvarito Jiménez se le dio por volar un barrilete tibetano que le habían regalado y, quizás empujado por una fuerza diabólica, lo incrustó exactamente dónde estaba la antena recién reparada. La TV se embruteció y mi padre, quien era siquiatra, se autorrecetó un frasco completo Valium.
No sé si lo sabías, pero Petro, por necio, intentó reparar la antena de su casa y, según cuenta la leyenda, se cayó, pero de cabeza. Bueno, ya conocemos las consecuencias.

