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Columna

El Estado soy yo

“Existe un fenómeno de personalización del poder que hemos padecido los latinoamericanos de cerca...”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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La frase “El Estado soy yo” (L’État, c’est moi) ha sido atribuida a Luis XIV (el Rey Sol), aunque no hay evidencia histórica de que la haya dicho; a pesar de ello, dicha frase resume la ideología política del “absolutismo monárquico” y su visión del poder.

En Occidente, sin embargo, el fenómeno del personalismo político y de la concentración del poder (ejecutivo, legislativo y judicial) en un líder carismático ha tenido otras versiones históricas: el cesarismo romano; el bonapartismo o el totalitarismo.

Ahora bien, existe un fenómeno de personalización del poder que hemos padecido los latinoamericanos de cerca, como lo es el caudillismo, el mesianismo político o el populismo que, si bien plantean diferencias con los fenómenos antes señalados, guardan mucho parecido, debido a que en ambos casos se busca: uno, la concentración del poder, el que pretenden ejercer sin frenos ni contrapesos; dos, la identificación del Estado, la patria o el pueblo con el líder carismático que lo interpreta legítimamente; tres, el culto a la personalidad del líder, quien se transforma en una especie de “rey secular”; finalmente, la desconfianza hacia las instituciones políticas y democráticamente establecidas, que solo son reconocidas si se identifican con la voluntad del líder, quien es el único capaz de representar la unidad nacional, la patria o el pueblo.

En Latinoamérica -en el siglo XIX- caudillos militares, figuras carismáticas y líderes mesiánicos resignificaron el simbolismo escatológico cristiano de un salvador, un fenómeno que, si bien se atenuó en el siglo XX, ha resurgido en el siglo XXI con el auge del “nuevo populismo latinoamericano” que combina: legitimidad electoral, retórica plebiscitaria y erosión del sistema de frenos y contrapesos. Para ilustración del lector, dos ejemplos ideológicos antitéticos. Uno es Chávez, quien repetía: “Chávez soy yo, Chávez eres tú, Chávez somos todos”, fusionando el pueblo con su persona; el otro es Bukele, que actúa como “tribuno moderno” que desafía el orden constitucional (reelección inmediata) y mantiene un gran apoyo popular por su éxito frente a las pandillas.

En ambos casos hay concentración del poder y deterioro de la democracia liberal, y ambos personajes sirven para ilustrar la encarnación moderna del “cesarismo y el bonapartismo latinoamericano”, dos fenómenos que, sirviéndose del populismo retórico y del vínculo emocional y simbólico con los ciudadanos, promueven liderazgos que inician autoproclamándose intérpretes legítimos del “pueblo”, seguidamente socavan el sistema de frenos y contrapesos, posteriormente, concentran todos los poderes y, finalmente, como Luis XIV, sueñan, alucinan y proclaman en sus horas más aciagas: “El Estado soy yo”.

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