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Columna

De acróbatas sentados

“El repertorio romántico codificó la nueva técnica y la sublimó, a tal grado que hoy sigue siendo el referente...”.

Francisco Lequerica

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El pianoforte, hijo de la Revolución Industrial, es un arpa acostada en una caja grande de madera, anclada a un chasis de metal, y accesible mediante la interfaz de un teclado con su correspondiente mecanismo. Tocar el piano es tañer ese arpa acostada como bailando con zancos lejos del suelo, eludiéndose —como en otros teclados y percusiones— el contacto directo con el cuerpo sonoro. Se trata de proyectar e imprimir un gesto definitivo en esa mecánica analógica, en un acto de fe sonora, lidiando a la vez con las vastas fuerzas físicas que rigen tan imponente relojería: hasta una tonelada de tensión en las cuerdas más agudas, por ejemplo.

Culminando hacia 1863 el desarrollo del instrumento, muchos compositores del Romanticismo conjugaron su audacia creativa con un virtuosismo informado por las crecientes posibilidades pianísticas: mayor robustez de las cuerdas, adición de componentes metálicos, agilidad mecánica del doble escape de Érard, aumento de tesitura en ambos extremos, y demás refinamientos ideados por luthiers tanto europeos como estadounidenses. El repertorio romántico codificó la nueva técnica y la sublimó, a tal grado que hoy sigue siendo el referente para poder amaestrar al mastodonte industrial.

El Concurso Internacional de Piano Frédéric Chopin, fundado en 1927 y dedicado a la popular y difícil obra de este compositor, ha sido una de las plataformas definitorias para los jóvenes virtuosos del teclado de todo el mundo, habiéndose lanzado allí las carreras de Martha Argerich, Maurizio Pollini y Krystian Zimerman. En las últimas ediciones de este y de otros concursos célebres como el Van Cliburn, se han venido imponiendo con fuerza nombres asiáticos, notablemente desde China, Corea del Sur y sus diásporas. Los sistemas educativos de estos países, fortalecidos por nociones avanzadas de disciplina y ética, permitieron que floreciese una nueva generación de virtuosos para responder al poderoso desafío universal planteado por compositores como Chopin.

Este año, sin cuestionarse la portentosa técnica desplegada por los concursantes, hubo polémica y un jurado protestó —algo nada ajeno a la historia del concurso—. Lo reprochado ahora a los ganadores es su excesiva homogeneidad, su asepsia estética, la ausencia de riesgos, contrastes, picos y valles histriónicos como los que vivió y compuso el famoso polaco enclenque y tuberculoso. No solo se marchita la atención del público: también los artistas parecen tender a aplanarse. Una eminente excepción ha sido la del pianista coreano Yunchan Lim, medallista de oro del Van Cliburn en 2022 con 18 años, quien probó una vez más su mérito el pasado abril al presentar en el Carnegie Hall una versión única, espiritual y ponderada, de las ‘Variaciones Goldberg’: lo mejor que le ha pasado a esa obra desde Gould.

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