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Columna

Sin libertad de expresión no hay democracia

“Quizá, el respeto a la libertad de expresión sea paradójicamente una de las pocas cosas que en democracia no se pueden debatir…”.

Alfredo Ramírez Nárdiz

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Hay pocas cosas que en democracia no sean debatibles. Una de ellas, la libertad de expresión. La democracia se basa en la discusión civilizada. En la posibilidad de contraponer distintos puntos de vista sobre una misma cuestión en el convencimiento de que no existen verdades absolutas, de tipo religioso, sino que toda afirmación política, como creación humana que es, puede ser puesta en tela de juicio y aquello que hoy se cree ser sustituido mañana por una mejor aproximación a la verdad. La democracia es tolerante y pluralista. Relativista, sí, y no hay que tenerle miedo a la palabra.

Por ello, la libertad de expresión es tan esencial en democracia, pues sin ella difícilmente se pueden abrir los debates y plantear nuevas ideas. Mucho más ha hecho ella por el progreso del hombre, que el respeto al honor, la educación, la moral y las buenas costumbres. Rara vez la humanidad ha avanzado merced a callar en nombre de no molestar al otro, mientras que multitud han sido las ocasiones en que gracias a defender en público las propias ideas, las creaciones del alma humana, los seres humanos hemos caminado un paso más hacia la libertad y el bienestar. Por ello, quizá, el respeto a la libertad de expresión sea paradójicamente una de las pocas cosas que en democracia no se pueden debatir. Porque sin ella simplemente no hay democracia.

Siempre he abogado por un concepto fuerte de la libertad de expresión, fundado en considerar que limitarla es un error. Que ningún honor y respeto valen más que ella y que por uno que haga mal uso de ella gritando fuego en un teatro atestado, por utilizar el recurrente ejemplo a favor de su limitación, hay mil que hicieron buen uso de ella cuando todos les decían que eso no se podía decir, que aquello no se podía defender y que sería su ruina abogar en público por lo otro. Tristemente, hasta los santos pecan y recientemente he tenido que censurarme a mí mismo movido por el ánimo de autoconservación. Me avergüenzo de ello. No soy tan valiente como me gustaría ser y tampoco confío tanto en aquello que escribo como para defenderlo en contra de mi propia supervivencia. Vivimos tiempos oscuros donde los ignorantes se creen en posesión de la verdad y los justos escasean. La libertad tiembla y yo me doy cuenta de que, conforme me hago mayor, deseo cada vez más recluirme en la ciudadela interna de la que hablaba Isaías Berlin, o en la real que tomaron por hogar y refugio Montaigne y mi estimado Pla.

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