Tenía años de no ir al Desfile de la Independencia de las Fiestas de Noviembre, máxima expresión del jolgorio cartagenero. El jueves volví. No para ver un espectáculo desde las graderías, sino para participar en él, sentirlo desde dentro, medir el grado de emociones que podía despertarme, observar el entusiasmo de la gente. Llegué con Mildred a las 9 de la mañana al sitio indicado por los organizadores, en Marbella, para de ahí seguir a las letras Cartagena, en donde el alcalde Dumek Turbay leería el “Bando” que da inicio al jolgorio que recuerda la Gesta de Independencia de 1811.
Poco a poco fueron llegando los Grandes Lanceros de la Independencia, máximas autoridades de las fiestas, luciendo vestuarios de colorines, disfraces, tocados, llevando en sus manos las lanzas que representan las armas de los lanceros de Getsemaní que se cubrieron de gloria aquel 11 de noviembre, cuando Cartagena declaró su independencia absoluta del Imperio español. La lancera Ángela Caraballo, con 91 años a cuestas, representaba la enjundia de estos personajes que llevan en la sangre el calor de la fiesta, su más profundo significado simbólico.
El alcalde Turbay recordó que en la gesta libertaria participó la inmensa mayoría del pueblo cartagenero. Porque la creía suya. Porque, a riesgo de perder la vida, siguió al lancero Pedro Romero para materializar el Estado Libre y Soberano de Cartagena de Indias, estableciendo su propia constitución y la bandera cuadrilonga. “Hoy declaramos que nuestra ciudad está en pie para seguir construyendo un futuro, porque somos luchadores, fuertes, una sociedad donde la vida y el amor son las banderas que ondean desde lo alto”.
Pidió disfrutar con alegría y tranquilidad la Fiesta que nos une. Una frase memorable que representa la esencia del ser cartagenero. Esta fiesta en verdad une, nutre de orgullo, de pertenencia, de cartagenidad. Esa certeza la pude sopesar en el recorrido de más de cuatro kilómetros del Desfile de Independencia, cuando la gente aplaudía a los lanceros, las comparsas, los disfraces, las reinas, los músicos, al propio alcalde que durante todo el trayecto rompía el protocolo para llegar hasta la gente que lo abrazaba y felicitaba por lo que se estaba viviendo, por el rescate de las fiestas y, como lo dijo una mujer rodeada de nietos, “por lo que estás haciendo por nosotros para vivir mejor”.
Lo vivido: casi diez mil actores festivos en desfile, muchos otros miles observando, aplaudiendo, disfrutando, el alma desbordada de gozo, el mar Caribe como testigo de una incontenible explosión de alegría. Unidos, somos fiesta.

