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Columna

Turismo responsable en Cartagena

“Un turismo responsable en el Centro Histórico significa entender que el patrimonio no es solo estética, sino convivencia…”.

Javier Pimienta

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En nuestro Centro Histórico conviven dos realidades. Una, luminosa y constante, es la del turismo que llena las calles y terrazas, los restaurantes y los patios convertidos en bares. La otra, menos visible, es la de quienes viven o se alojan allí e intentan dormir, trabajar, sostener una conversación o simplemente existir en medio de un ruido que no respeta límites. En los últimos años hemos visto crecer un turismo de excesos: grupos que bloquean calles, megáfonos que retumban, terrazas convertidas en parlantes abiertos y negocios cuyo éxito depende de empujar la noche un poco más lejos, aunque eso signifique sacrificar el descanso de quienes allí habitan.

Ante este panorama, el concepto de turismo responsable suele quedarse en discursos sobre sostenibilidad ambiental o prácticas “verdes” centradas en destinos naturales. Las ciudades patrimoniales necesitan otro tipo de responsabilidad, una más cotidiana y honesta. Una que entienda que tal vez el gesto más importante no es lo que se hace, sino lo que se decide no hacer.

Un bar del Centro que renuncia a usar su terraza como su principal fuente de ruido nocturno está ejerciendo un acto de responsabilidad, aunque nadie lo aplauda. Un guía turístico que evita conducir grupos masivos con megáfonos y que prefiere recorridos más íntimos, está protegiendo la habitabilidad sin necesidad de grandes anuncios. Un barcito que renuncia a instalar parlantes en su puerta, un hotel que regula sus eventos para no convertir su patio en una discoteca al aire libre, un operador turístico que prefiere experiencias que no saturen las plazas… todos ellos están haciendo menos, pero cuidando más.

Estas decisiones silenciosas tienen un peso enorme. En una ciudad donde el turismo desbordado amenaza con convertirse en un proceso extractivo —uno que consume su recurso más valioso: su vida cotidiana—, la contención se vuelve una forma de ética urbana. No se trata de negar el turismo ni de romantizar el pasado; se trata de preguntarnos qué clase de ciudad queremos ser y a quién debe beneficiar su prosperidad.

La urbanista Leslie Kern, en sus valiosas reflexiones sobre gentrificación, recuerda que todos los actores —negocios, visitantes, propietarios, guías, residentes— tienen un papel en la transformación de los barrios. Que la pregunta no es quién tiene la culpa, sino quién asume la responsabilidad de mitigar los efectos adversos de su actividad. Cartagena necesita ese cambio de lente: pasar del señalamiento a la corresponsabilidad.

Un turismo responsable en el Centro Histórico significa entender que el patrimonio no es solo estética, sino convivencia. Que la sostenibilidad también se mide en noches tranquilas, en plazas donde los vecinos aún puedan conversar, en calles donde niños y adultos caminen sin ser arrinconados por ríos de gente. Y que, en una ciudad que tantos quieren visitar, cuidar el territorio empieza por darle espacio a quienes nunca se han ido.

A veces, lo más valioso no es lo que hacemos, sino lo que elegimos no hacer. Y en Cartagena, ese puede ser el gesto más profundo de respeto.

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