Ha sido una semana convulsa, sí. Otra más en un país que vive en estado de crispación permanente, mendigando análisis serenos mientras se alimenta de gritería. Esperar objetividad de nuestros opinadores profesionales es casi un acto de fe: se supone que deberían ayudarnos a comprender, pero terminan compitiendo por quién dice el exabrupto más viral. Es el paisaje. Uno que ya no sorprende.
Y, sin embargo, de todo lo que podría discutirse —incluida la caída libre del que, a mi entender, es o era, el periódico de mayor credibilidad del país, hay algo que me toca más hondamente. Algo que no se soluciona con comunicados urgentes: la cultura, la literatura más específicamente. Ese espacio que en realidad es el único capaz de explicar quiénes somos.
Casualmente ayer escuchaba a un secretario de despacho que hablaba de la inseguridad de la ciudad, y no encontré en sus análisis la importancia del trabajo social desde la cultura y el desarrollo del pensamiento humanista, por ejemplo, que mucho ayudaría, para apuestas de largo plazo, contrarias a las inmediatistas que no dan soluciones reales a problemas que son cada vez más complejos, como es el caso, especialmente de los jóvenes, de la falta de oportunidades, de su desesperanza, de su visión reduccionista y hedonista, de la presión y de las exigencias que tienen, de las pocas vías ante un estrechamiento de las condiciones de vida y la sobreexposición a información basura que los mantiene tan confundidos y con realidades cada vez más difíciles de sobrellevar.
Dónde está esa lenta educación sentimental que permite que un joven no termine creyendo que su destino es tan estrecho como su barrio. Nadie menciona que sin literatura —la que molesta, incomoda, y obliga a pensar— no hay proyecto de largo plazo posible. ¿Cómo pedir que un muchacho vea horizontes cuando sus referentes solo exhiben una vida imposible?
En medio de esa aridez, este año me di a la tarea de leer a escritores colombianos. Encontré voces potentes, sobre todo entre mujeres. Pero hay una en particular que descoloca, que obliga a enfrentar al espejo sin anestesia: Margarita García Robayo. He leído casi toda su obra y, a riesgo de sonar temeraria, afirmo que es la mejor escritora que tiene este país.
Lo perturbador de Margarita es su precisión: sin adornos, sin distracciones, ni perdón. Tiene un radar afinado para detectar la hipocresía social y la mezquindad íntima que preferimos disimular. Y justamente por eso incomoda. ¿Será esa la razón por la que no la celebramos como deberíamos? ¿Por qué no es nuestra “estrella nacional”, al nivel de otros que sí?
Tal vez sea síntoma de nuestra tara colectiva: esa incapacidad de aplaudir sin sentir que es ceder terreno, el hábito cruel de bembear al otro antes de admirarlo. No sé si es parte de nuestra cultura, pero viene bien, leer más, y cambiar, desde adentro, como lo hace Margarita, de libro en libro, demostrando cómo, el no dejar de interiorizar y reflexionar sobre lo que hacemos y somos, nos permite superarnos a nosotros mismos, día a día. Ahora bien, ¿por qué en Colombia tampoco es la más nombrada? Digamos quizá que mi criterio es errado, pero también puede ser, que esa especie de centralismo y exclusión sistemática a la periferia, reproduzca la injusticia de desconocer el maravilloso trabajo de esta escritora cartagenera. Si queremos un país menos mediocre, tal vez debamos empezar por dejar de temerle a quienes escriben tan bien como ella.

