comscore
Columna

Fachadas de nostalgia

“Aquellos eran más que simples cines; eran recintos sagrados del arte, rincones de emociones y amor...”.

Enrique Del Río González

Compartir

La tiranía del destino a veces vence al romanticismo. En el corazón del Centro Histórico de Cartagena, donde cada muro cuenta una historia y las sombras parecen conservar voces antiguas, las fachadas de los teatros Calamarí, Cartagena y Bucanero se erigen hoy como el frente de un gran hotel. Pocos recuerdan que esos muros, ahora silenciosos, fueron testigos de una época dorada que se fue sin despedirse, dejándonos en la ignorancia sobre las razones reales de su partida, como si la ciudad hubiera decidido guardar ese secreto entre sus piedras centenarias.

Para quienes vivimos la magia de esas salas, verlas transformadas es un golpe de nostalgia. Aquellos eran más que simples cines; eran recintos sagrados del arte, rincones de emociones y amor. Recordar las filas, los empujones, el sabor inconfundible de la crispeta con gaseosa y hasta el audaz contrabando de un chicharrón o un pan recién comprado en la esquina es evocar un pasado que se sentía espectacularmente perfecto.

Cada teatro tenía su propia personalidad, un universo distinto esperando tras el telón. El Teatro Calamarí, el más pequeño, era el refugio de las historias románticas, allí se proyectaban películas de amor, drama y silencios profundos, esas que no llenaban salas, pero sí almas. A su lado se levantaba el majestuoso Teatro Cartagena, el más grande y bello de todos, un coloso cultural que vibraba con los grandes estrenos, generaba conversaciones eternas y marcaba el pulso cinematográfico de la ciudad. Más allá, el Teatro Bucanero ofrecía una experiencia distinta desde la misma fila, pues su largo pasillo, casi una antesala ritual, nos conducía a una sala escondida cuya salida a un centro comercial hacía que ir a cine se sintiera como una pequeña aventura urbana.

Y no muy lejos estaba el Teatro Colón que, aunque parecía un rancho aparte, tenía su encanto irreverente y formaba parte de un circuito que completaba una oferta que, para los amantes del séptimo arte, era simplemente la gloria.

Hoy esas luces se han apagado. El espectáculo ya no está. Nos quedan las añoranzas de un pasado bello que mutó, como mutan tantas cosas materiales y humanas. Sin embargo, queda como consuelo que el reflejo arquitectónico sobrevivió. Las fachadas se mantuvieron, permitiéndonos mirar esos muros y evocar, con una mezcla de tristeza y gratitud, la felicidad que una vez albergaron.

Tal vez el destino quiso recordarnos que la memoria es también un acto de resistencia. Porque Cartagena también se narra a través de lo que ya no existe. Y en esa ausencia, paradójicamente, persiste la belleza. Quizá por eso, cuando pasamos frente a esas fachadas, sentimos al pasado saludándonos, recordándonos que allí aprendimos a mirar la vida con ojos maravillados. Y, aunque ahora los proyectores estén apagados, el cine sigue proyectándose en nuestra memoria con la nitidez perfecta de lo que nunca muere.

*Abogado.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News