Tras las elecciones presidenciales de 1970, ampliamente cuestionadas por presunto fraude electoral, proclamando victorioso al conservador Misael Pastrana Borrero sobre el general Gustavo Rojas Pinilla, fundador de la extinta Anapo, se incendió y sacudió el país en sus cuatro puntos cardinales, y las universidades públicas fueron el epicentro telúrico y, ante explosivo panorama, en la Universidad de Cartagena surgió, mezcla de realidad@fantasía, un líder inédito y manso: Benito, vendedor de dulces y cigarrillos, quien desde su mesita de zinc y madera, ubicada al lado izquierdo de la entrada principal de la Universidad, lo trasformaron en candidato presidencial: vestido de saco y corbata, se jalaba discursos indescifrables desde los balcones del segundo piso. Símbolo de la sátira política y protesta pacífica, inteligente, rebelde, punzante, agudeza intelectual, sin escupitajos, rechazando el nefasto centralismo: ¡Benito Presidente!
Vestido de saco y corbata fue inscrito, oficialmente, en la contienda por el trono presidencial, acompañado por bulliciosos seguidores, proclamándolo adalid de la honestidad, prometiendo colocar gigantesco abanico en el Cerro La Popa, para suavizar el ardiente calor tropical; y un puente Cartagena - San Andrés, para promover el turismo.
Época de efervescencia en toda Colombia iniciada en universidades públicas, extendiéndose a todos los rincones del país, liderada, en Cartagena, por los irreductibles y brillantes estudiantes Óscar Carmona y Amín Ariza, quienes trasformaron a Benito en algo más que una caricatura, enarbolando su pulcro programa de gobierno: “No robar, no mentir, que ningún niño y abuelo pasen hambre y frío, que los cuarteles se trasformen en colegios y cambien armas por azadones”.
Medio siglo después las propuestas de Benito siguen sin cumplirse: anualmente 300 niños mueren de hambre, centenares se suicidan para no ser reclutados por grupos ilegales. En un país de los más ricos del mundo en recursos naturales, asfixiado por la corrupción e injusticia social, la figura de ‘Benito presidente’ refrescaría el actual caldeado debate presidencial. ¿Quién lo duda? Vendría muy bien resucitar a Benito, candidato honesto, sin avaricia, manso, silencioso y austero: solo pedía a cambio que le respetaran su esquina de trabajo a la entrada de la Universidad. Confieso, conmovido por tristeza y nostalgia, que cuando camino por la puerta principal de mi alma mater, escruto los rincones, esperando encontrar a Benito, de saco y corbata, vendiendo dulces y cigarrillos, jamás odio, avaricia, ni venenos fabricados por la arisca Izquierda o la involuta derecha que, desde tiempos inmemoriales, inducen al canibalismo, a la barbarie y a las puntadas con dedal
¡Ojalá retornara Benito! El silencioso vendedor de dulces y cigarrillos a la entrada de mi Universidad: seguramente, hartos de insultos y rabietas, encabezaría todas las encuestas presidenciales. Y usted, que me honra con su lectura en este país que hiede a pólvora, ¿votaría por Benito?

