O se es demócrata o no se es. El rol de funcionario en el que es más exigente esta condición es en el de las fuerzas de seguridad del estado. El policía, el soldado, el marino, el aviador y el escolta, está subordinado por mandato constitucional a los gobernantes elegidos, independientemente de su ideología política y modelo de estado objetivo.
Fue muy emocionante estar hace poco en el Templo Histórico, sitio donde en 1821 se nombró como primer presidente de Colombia a Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco, en Villa del Rosario, Norte de Santander, cuando, al mismo tiempo, se estableció la primera Constitución de la República de Colombia. En el artículo 6 de la Constitución, el pueblo declaró que su voluntad era gobernarse bajo los principios de libertad e igualdad. Este acto sentó las bases de que el poder reside en el pueblo, ejercido de forma representativa por los tres poderes públicos, o directamente por plebiscito, referendo o consulta popular.
Cuenta la historia que unos compañeros del general Francisco de Paula Santander, quien fue electo vicepresidente de Simón Bolívar, entraron a su despacho y vieron sobre su escritorio un sable desnudo debajo de la constitución. A la pregunta de qué significaba, el hombre de las leyes contestó: “Significa que la espada de los libertadores tiene que estar, de ahora en adelante, sometida a las leyes de la República”. Santander antepuso el ejercicio de esta carta a sus propias convicciones, en una demostración clara de que nadie debía estar por encima de la Constitución y las leyes, aun si pensaba diferente.
Luego de observar el gran dispositivo de seguridad desplegado para escoltar a algún funcionario que estaba trotando por la playa en un sector de Bocagrande hace unos días, me detuve a pensar en el honor y la lealtad hacia la Constitución de los miembros de seguridad, dentro de su convencimiento de que su trabajo es proteger los gobernantes elegidos en democracia porque son los que representan la voluntad de las mayorías, independientemente de quien sea la persona, tal como lo establece la Constitución. Asombra el carácter y entereza de los miembros de la fuerza pública que cumplen fielmente su trabajo, con la convicción de que lo que salvaguardan es la voluntad de la nación al cumplir con honor y sacrificio su misión y apartar de su mente cualquier prejuicio político, aun si sus ideas difieren sobre el modelo de Estado a seguir.
Al mismo tiempo, debe ser muy desconsolador para los guardianes leales de la Constitución tener que ejercer su función, aún cuando haya un mínimo de sospecha de ilegitimidad por fraude electoral o por corrupción de los gobernantes protegidos. Hoy, después de 200 años, el que dice ser el sucesor de Bolívar pretende poner el sable sobre la constitución.

