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Columna

Razones para creer

“La vida es un fenómeno de extraordinaria complejidad. Muchos científicos la consideran una excepción a la regla...”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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Existen al menos tres grandes misterios que han inquietado a la ciencia desde hace milenios: ¿cómo se originó el universo?, ¿cómo surgió la vida? y ¿cómo explicar la experiencia de ser un “yo” -la conciencia de sí- sin recurrir a una entidad metafísica (alma/espíritu)?

En cuanto al primer enigma, los cosmólogos no llegan a un consenso. Para algunos, el universo es increado y eterno, sin principio ni fin (teoría del estado estacionario); para otros, el universo tuvo un origen en un estado inicial extremadamente denso y caliente, a partir del cual se expandió y enfrió (teoría del Big Bang), y para otros, dicho proceso estuvo precedido de una fase inflacionaria en la que toda la energía y la materia se encontraban contenidas en una “semilla” más pequeña que un protón (teoría inflacionaria). Se trata, sin duda, de narrativas fascinantes, pero tan obscuras e incompresibles para la razón como las cosmogonías griegas o mayas, o el relato bíblico de la creación.

En relación con el segundo misterio, la ciencia ha concluido que la vida constituye un fenómeno de extraordinaria complejidad. Por ello, muchos científicos la consideran una excepción a la regla, pues, las ecuaciones físicas y químicas no la predicen directamente y las condiciones necesarias para su aparición son extremadamente excepcionales, entre otras: la existencia de un planeta con agua en su superficie, que orbite a su estrella dentro de la denominada “zona habitable”, que sea de naturaleza rocosa -como la Tierra, Venus o Marte- y no gaseosa, y que disponga de los elementos químicos esenciales (carbono, nitrógeno, oxígeno, etc.).

La última cuestión tampoco ha encontrado una respuesta concluyente. Al respecto, dos conjeturas relevantes. Una es la propuesta por Daniel Dennett, quien sostiene que la conciencia de sí es una “ilusión del usuario” generada por el cerebro, que produce la impresión de un yo unificado. No obstante, el premio Nobel de Física Roger Penrose llegó a una conclusión opuesta: que la conciencia no posee una naturaleza computacional ni algorítmica, ni es producto de la complejidad neuronal, sino un fenómeno cuántico que emergería en los microtúbulos de las neuronas.

Como vemos, se trata de preguntas acuciantes que han sido abordadas por las más brillantes a lo largo de la historia; sin embargo, la imposibilidad de obtener respuestas convincentes, concluyentes y apodícticas ha conducido a que los “racionalistas moderados” -paradójicamente- tengamos motivos para creer que existe algo que trasciende la materia y el universo físico: una realidad impensable e insondable, a la que Einstein aludía cuando afirmó que “Dios no juega a los dados”.

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