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Columna

El amor, ese impulso vital

“El arte y la literatura son las expresiones culturales que más han contribuido a configurar nuestros imaginarios sobre el amor...”.*

Yezid Carrillo De La Rosa

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Todas las religiones, las expresiones artísticas y los distintos campos del conocimiento han aludido al amor, sin dar con una respuesta concluyente sobre su naturaleza. Platón, en El Banquete, lo identificó con eros —lo bello y lo bueno—, un impulso que prepara al alma para la verdad; Aristóteles, en cambio, lo pensó como philia, el amor fraterno o la amistad, una virtud que conduce al perfeccionamiento moral. En el ámbito religioso, el cristianismo lo entendió como entrega incondicional (ágape); el judaísmo y el islam, como alianza y obediencia a Dios; y el budismo, como compasión y benevolencia.

Sobre el amor se pueden decir con certeza pocas cosas: que es universal, en la medida en que todas las culturas han dejado testimonios sobre ese impulso vital; que existen formas de cortejo y vínculos afectivos en otras especies animales —especialmente en mamíferos y aves— que permiten pensar en una base biológica del amor previa a lo social; y que, en los seres humanos, el amor es siempre el resultado de una compleja interacción que involucra factores biológicos y construcciones culturales, que nos llevan a sentir atracción, a enamorarnos y a establecer relaciones estables.

Sin duda, el arte y la literatura son las expresiones culturales que más han contribuido a configurar nuestros imaginarios sobre el amor humano. La Epopeya de Gilgamesh lo presentó como una fuerza cósmica y trágica vinculada al destino; Safo de Lesbos, como una experiencia subjetiva, corporal y emocional; Ovidio, como un juego de seducción poderoso y peligroso; y la poesía trovadoresca, como un sentimiento idealizado, imposible y secreto. En la modernidad, el amor es humanizado —con Dante y Petrarca— y transformado en una pasión capaz de desafiar la tradición (Romeo y Julieta), las convenciones sociales (Don Juan) o el orden moral (Madame Bovary). La literatura confirma así lo que muestran los estudios antropológicos y sociológicos: que, si bien el amor está presente en todas las culturas, cada sociedad lo define y lo interpreta de manera distinta, en estrecha relación con sus estructuras sociales y económicas.

A pesar de estas transformaciones históricas y culturales, parece persistir una base fisiológica ligada al cortejo, al apego y al enamoramiento. Algunos estudios sugieren que ciertos rasgos corporales, como la simetría facial, estimulan regiones cerebrales asociadas al deseo y la atracción; que la novedad y el misterio favorecen la liberación de dopamina, junto con otros neurotransmisores como la serotonina y la endorfina, vinculados al enamoramiento; y que determinadas preferencias estéticas, como la proporción cintura-cadera, han sido interpretadas desde perspectivas evolucionistas como señales asociadas a la reproducción. Estas hipótesis, aunque discutidas, refuerzan la idea de que el amor humano se mueve entre la biología y la cultura, entre lo heredado y lo aprendido, y que sobre este impulso vital tenemos más incertidumbres que certezas.

*Profesor universitario.

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