Después de preguntarnos con angustia dónde está la infancia, la respuesta más dolorosa es esta: está sola. Está a la intemperie. Está sobreviviendo en una sociedad que se acostumbró a verla pedir en los semáforos, trabajar en las esquinas, lavar parabrisas, cargar bebés siendo apenas niñas, o dormir con hambre sin que eso nos escandalice.
Pero más grave aún es que el Gobierno tampoco parece saber, ni querer saber, dónde está la infancia.
No hay política pública que alcance cuando la niñez crece en barrios sin agua potable, escuelas sin alimentación digna, casas donde la violencia reemplazó al afecto y donde la droga se volvió el primer refugio. Los discursos están llenos de promesas, pero los presupuestos siguen vacíos de voluntad real.
Se habla de primera infancia en foros, pero en la calle los niños siguen siendo invisibles, se anuncian programas, pero no llegan a donde más se necesitan, se prometen oportunidades, pero los niños siguen heredando pobreza, abandono y miedo.
Un país que no protege a su infancia está cavando su propia tumba social. Porque esos niños que hoy son ignorados serán los adultos quebrados de mañana, y ningún país se sostiene sobre generaciones rotas.
Aquí no se trata de ideologías. Se trata de responsabilidad moral. De entender que invertir en la niñez no es un gasto, es la única salvación posible; no hay seguridad sin educación, no hay paz sin comida, no hay futuro sin infancia protegida.
Mientras el Estado mira para otro lado, son las madres solas, las fundaciones, los líderes comunitarios, las iglesias y los ciudadanos de a pie los que siguen cargando con lo que debería ser una prioridad nacional.
Raúl Paniagua, en su columna, nos obligó a mirar de frente una realidad que muchos prefieren esquivar: niños invisibles, crecidos a empujones entre el hambre, la calle y el abandono. Porque mientras los niños sobreviven en los semáforos, basureros, en casas donde la violencia es rutina, el Estado parece extraviado en discursos, promesas y planes que no aterrizan en los barrios donde más se necesitan.
Se habla de protección, de primera infancia, de equidad, pero en la realidad hay centros de salud colapsados, niños con heridas emocionales que nadie atiende y padres sin oportunidades reales para sostener sus hogares y hay una verdad que estremece y que casi no se dice: en Cartagena aún existen niños diagnosticados con lepra, enfermedad asociada a la pobreza extrema, abandono sanitario y a la falta de atención oportuna.
Un país que no protege a sus niños está hipotecando su futuro. Porque esos pequeños que hoy crecen en la carencia mañana serán adultos sin herramientas para romper el ciclo de la pobreza, la violencia y la exclusión. Y entonces nos preguntaremos por qué la inseguridad crece, por qué la desesperanza se multiplica, por qué el tejido social se rompe.
Aquí no caben excusas ideológicas. La infancia no es de izquierda ni de derecha, es una responsabilidad moral, un deber superior. Invertir en los niños no es un gasto social: es la única garantía de futuro.
Son las madres solas, líderes comunitarios, fundaciones, iglesias, maestros y los comedores populares quienes están sosteniendo con las uñas una generación golpeada por el descuido oficial.
Un país que abandona a sus niños no es pobre: es irresponsable y esa irresponsabilidad tarde o temprano, paga el precio. Siempre termina cobrándose en violencia, desigualdad y dolor social.
*Presidenta de la Fundación Diálogo Social.
