Como colombiana pensante con cierto grado de educación, siento que es mi deber ejercer una crítica firme, responsable y argumentada frente al Gobierno. Mi pensar apunta a la mala gestión de quienes están en el poder, así como a la peligrosa ligereza con que parte de la ciudadanía izquierdosa insiste en calificarla como exitosa.
El país atraviesa una etapa de profundas contradicciones. Mientras el discurso oficial sigue prometiendo transformaciones históricas, la realidad cotidiana muestra improvisación, falta de ejecución y un preocupante debilitamiento institucional. Las reformas anunciadas con grandilocuencia se han caracterizado más por la confusión y el desatino que por resultados benevolentes y acertados. El Gobierno que intenta gobernar a punta de trinos hace desconfiar a los empresarios, atemoriza a los que tributamos, deteriora el sistema de salud, endeuda al país, gasta más de lo que entra y acaba con la estabilidad económica de Colombia.
La inseguridad ha repuntado en múltiples regiones, el costo de vida se eleva, la inversión se frena ante la incertidumbre y la relación con sectores y países claves se deteriora rápidamente por la confrontación constante. Han dividido el país entre “buenos y “malos”. Olvidaron que gobernar exige capacidad técnica, consensos y responsabilidad fiscal. En esos frentes el balance es abiertamente deficiente.
Sin embargo, es preocupante el respaldo acrítico que recibe esta gestión presidencial. No se trata de disentir ideológicamente, ya que esto, además de ser sano en una democracia, confirma que quien es de izquierda o socialista lo seguirá siendo sin importar quien sea el presidente. Esto no se trata de Petro. Se trata de un país resentido con una población ignorante que ve en las promesas comunistas la “incumplible” oferta de quitarles a los ricos para darles a los pobres. No podemos cerrar los ojos frente a los hechos. Hay quienes confunden retórica con resultados, intenciones con logros y símbolos con políticas públicas efectivas. Quienes somos de derecha lo seguimos siendo a pesar de haber tenido presidentes compasivos y malos. Igual pasa con la izquierda. Sin importar la deplorable gestión de este gobierno, volverán a votar por el Pacto Histórico. Esa actitud, más que convicción, revela desinformación, fanatismo o una peligrosa ignorancia ante el pensamiento crítico.
Aplaudir el fracaso por lealtad política no es progresismo ni conciencia social; es complacencia. Y la complacencia ciudadana ha sido históricamente una de las mayores aliadas de malos gobiernos en Colombia.
Con esto no busco imponer una verdad única, sino recordar una obligación básica del ciudadano: evaluar a sus gobernantes con rigor, no con fe ciega. La democracia no se defiende repitiendo consignas, sino exigiendo resultados. También es cierto que los candidatos presidenciales actuales deben hablar con más propuestas para el pueblo y menos ataques a Petro. El comunista siempre lo será, pero Colombia necesita menos envidias, menos odios, menos resentimientos y más sensatez. El costo de una mala administración no lo paga el presidente: lo paga el país entero.
