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Columna

Ecomarxismo: ¿una propuesta realista?

“El ecosocialismo requeriría una fuerte centralización del poder, lo que evoca los totalitarismos socialistas del siglo XX...”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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Liberales y socialistas compartieron durante buena parte de la modernidad una fe común en el progreso y en una historia lineal y común que nos conduciría al paraíso terrenal. Karl Marx sostuvo que la historia humana podía explicarse a partir de los distintos modos de producción, concebidos como etapas progresivas que se iniciaban con la sociedad esclavista y culminaban en el comunismo, previo paso por el capitalismo. Esta lectura cientificista y determinista indujo a Rosa Luxemburgo a formular la célebre disyuntiva entre “socialismo o barbarie”, una advertencia que el estalinismo contradijo trágicamente. No resulta casual, entonces, que la izquierda intelectual —como Slavoj Žižek— hayan renunciado explícitamente a la idea de progreso como horizonte necesario de la historia, al igual que el filósofo japonés Kohei Saito, quien propone una reinterpretación ecológica de Marx.

Saito formula la noción de “comunismo del decrecimiento” que opone frontalmente a la lógica del crecimiento económico ilimitado propia del capitalismo y que cuestiona la idea de “desarrollo sostenible”, para él, una economía que garantice la supervivencia del planeta debe estar basada en la propiedad social y comunal, en la reducción del consumo superfluo y en una productividad limitada, orientada al bienestar humano y a la restauración del equilibrio ecológico. Esto implicaría, por un lado, una reevaluación radical del trabajo para distinguir entre actividades esenciales y superfluas y, por otro, una reorientación de la economía que elimine sectores productivos innecesarios —como el armamentístico, el publicitario o buena parte de la automotriz— y fortalezca otros vinculados a la educación, la salud y la vivienda.

No obstante, esta propuesta no está exenta de problemas. Žižek ha advertido —y coincido con él— que el ecosocialismo requeriría una fuerte centralización del poder, lo que inevitablemente evoca los totalitarismos socialistas del siglo XX. A ello le agrega una objeción más profunda: un modelo de decrecimiento basado en el autosacrificio, en equilibrios mesurados entre riqueza y pobreza, entre individualismo y comunidad, y que promueve la moderación y la represión de los deseos, se asemeja más a una economía budista que a una teoría social realista que dé cuenta de lo humano.

A mi juicio, la cuestión de fondo no es solo económica ni ambiental, sino profundamente política y antropológica. Si para enfrentar la catástrofe climática debemos restringir la democracia como espacio de libertad, deliberación y disenso, el remedio corre el riesgo de ser peor que la enfermedad. El siglo XX mostró que los proyectos que en nombre de una ideología o una racionalidad superior se adjudicaron el derecho a decidir qué vidas, qué trabajos y qué deseos eran legítimos, terminaron sacrificando la libertad y aferrándose al poder. No obstante, la pregunta más incómoda para el ecomarxismo sigue abierta: ¿es realista pensar una sociedad sostenible basada en la moderación permanente, el autocontrol y la represión del deseo humano?

*Profesor universitario.

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