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Columna

Carta abierta a los familiares de Reneé Nicolé Macklin Good.

¿Qué sabemos? Si fue por alzar su voz en contra de tantas injusticias, o por acompañar a los inmigrantes, o por el simple hecho de ser mujer.

Orlando Díaz Atehortúa

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Conocí a Reneé a través de sus poemas, en la poesía: “Sobre aprender a diseccionar fetos de un cerdo”.

En uno de sus versos escribió:

“Ahora no puedo creer en la Biblia, el Corán y el Bhagavad Gita. Me deslizan el pelo largo atrás de la oreja, como solía hacerlo mamá. Exhalen por la boca, hagan espacio para la maravilla. Todo mi entendimiento se desliza por la barbilla hasta el pecho y se resume en dos puntos de ortografía: la vida es simplemente el óvulo y el espermatozoide. ¿Y dónde se encuentran? ¿Y con qué frecuencia? ¿Y qué tan bien? Y todo muere allí”.

Le cortaron la vida en flor a Reneé. Apenas tenía 37 años cuando fue asesinada por agentes del ICE (Immigration and Customs Enforcement – Servicio de Control de Inmigración y Aduanas).

¿Qué sabemos? Si fue por alzar su voz en contra de tantas injusticias, o por acompañar a los inmigrantes, o por el simple hecho de ser mujer.

Ella escribía como “quien abre una ventana en una casa sitiada”. No es difícil detectar que el gobierno represivo y autoritario de Donald Trump vuelve a mostrar sus garras, a exhibir su garrote, a golpear con fuerza, a colonizar.

Tras la muerte de Reneé, el filibustero afirmó que sus esbirros actuaron en “defensa propia”, ante una supuesta huida sospechosa de la poeta. Los dictadores, por lo general, siempre recurren a ese discurso mendaz.

Todavía se recuerda el asesinato de Federico García Lorca, durante el régimen de Franco, en España. Fue acusado de agitador, de homosexual, de desafiar el autoritarismo. La historia se repite.

Duele constatar cómo se vulnera el principio del humanismo, en todos los rincones del mundo, sin soluciones a la vista. La ONU, Organización de las Naciones Unidas, parece un invitado de piedra.

Reneé apoyaba la lucha de los más débiles, los abrazaba. Agentes del ICE le arrebataron la vida a sangre fría. No se trata de hechos aislados.

La doctrina del presidente de Estados Unidos, James Monroe, en el siglo XIX, por allá en 1823, señaló que el continente americano no podía ser, en el futuro, territorio de colonización para las potencias europeas. Todo esfuerzo de los países europeos para imponer en América un sistema político —señalaba la directriz— o para quitarle la independencia a las naciones sudamericanas sería considerado por el país del norte como un acto hostil. También proclamaba el mensaje de que Estados Unidos no intervendría en ninguna guerra entre potencias europeas, ni propiciaría acto alguno para arrebatar a esas naciones las colonias adquiridas. Con el paso del tiempo, se ha demostrado que todo fue una falacia y que el mensaje de Monroe solo pretendía convertir al continente sudamericano en su patio trasero.

Como la historia ha demostrado, aquella proclama no fue tan desinteresada como se anunció.

Luego de lo anterior, por allá, en el año 1900, Theodore Roosevelt acuñó una doctrina para intervenir —como la mayoría de las veces— de forma arbitraria y grosera en los asuntos de otros países, vulnerando la autonomía y la independencia de esos Estados. Dicha orientación fue conocida como la política del “Gran Garrote”.

No nos digamos mentiras. Muchos mandatarios, como Trump, Putin y Netanyahu, lo saben. Ese derecho internacional no protege a las víctimas; suele estar al lado del opresor, por su poca o nula eficacia. Es decir, no hace lo que tiene que hacer. Es un mero formalismo, un cascarón vacío. Su parálisis o semiparálisis ha hecho que pierda autoridad moral.

No se olvide: fueron más de 77 personas las asesinadas en la detención de Maduro, tres de ellas civiles. Cabe preguntarse, con toda legitimidad: ¿ese derecho internacional sí ofrece alguna garantía a los países, a los ciudadanos del mundo, frente al despotismo y la arbitrariedad de estos filibusteros?

Es hora —así lo creo— de realizar una reingeniería profunda del derecho global de la humanidad, que supere esas normas débiles en campos tan sensibles para el mundo. Las muertes de ciudadanos en Irak, Siria, Libia, Venezuela y Myanmar lo reclaman.

Adenda: la empresa Atlasintel, desmintió tajantemente, la encuesta difundida por la revista Semana, donde señalaba que Abelardo, aventajaría al candidato Ivan Cepeda en un 9 %, para una segunda vuelta, más seriedad por favor, con esas perversidades, se está incursionando en delitos.

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