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Columna

El fenómeno onírico

“El caso de Yeison Jiménez se inscribe en esa zona fronteriza donde el símbolo impacta la realidad...”.

Enrique Del Río González

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La reciente muerte de Yeison Jiménez en un accidente aéreo estuvo rodeada de un elemento que estremeció a la opinión pública y es que el artista había relatado, tiempo antes, sueños reiterados sobre su propia muerte. Ese hecho reavivó una antigua fascinación humana por el fenómeno onírico, entendido como el conjunto de experiencias psíquicas que tienen lugar durante el sueño y que, desde siempre, han sido interpretadas como mensajes, advertencias o manifestaciones profundas de la mente.

A lo largo de la historia, los sueños han ocupado un lugar simbólico privilegiado. En los textos bíblicos, la divinidad se expresa a través de imágenes oníricas que requieren interpretación, ejemplo de ellos fue José, hijo de Jacob, quien descifró el sueño de las vacas gordas y flacas como anuncio de abundancia y escasez; José, esposo de María, recibió en sueños, a través de un ángel, instrucciones decisivas para su destino. En estos relatos, el sueño aparece como un canal de revelación. Sin embargo, la experiencia cotidiana muestra que la mayoría de los sueños no se traducen en hechos reales, sino en escenas fragmentarias, ilógicas o imposibles, lo que evidencia que su sentido no reside en la literalidad, sino en el símbolo.

Ese carácter enigmático fue abordado con rigor por Sigmund Freud a partir de la publicación de La interpretación de los sueños (1900); este concibió el fenómeno onírico como una producción del inconsciente, considerando que el sueño constituye una formación psíquica en la que los deseos reprimidos encuentran una vía de expresión disfrazada, burlando la censura de la conciencia. El contenido manifiesto, o sea, las imágenes que se recuerdan al despertar encubren un contenido latente que solo puede develarse mediante la interpretación. Así, soñar no implica predecir, sino elaborar conflictos, pulsiones y tensiones internas.

La ciencia contemporánea ha ampliado este enfoque. Desde la neuropsicología, el fenómeno onírico se entiende como una actividad cerebral compleja asociada a la consolidación de la memoria reciente y la regulación emocional, integrándolas con experiencias pasadas. Durante el sueño, el cerebro integra recuerdos, ensaya respuestas y procesa afectos, sin necesidad de atribuir al sueño una función profética o sobrenatural. No obstante, persiste el reconocimiento de que los sueños influyen en la subjetividad y pueden marcar emocionalmente a quien los experimenta.

El caso de Yeison Jiménez se inscribe en esa zona fronteriza donde el símbolo impacta la realidad. No porque el sueño anticipe el destino, sino porque el fenómeno onírico revela la vulnerabilidad humana frente a la incertidumbre y la muerte. Entre la fe, la cultura y la ciencia, los sueños siguen siendo un territorio donde la razón observa, pero no domina. En ese espacio nocturno, la mente continúa hablando en un idioma antiguo que aún no termina de descifrarse.

*Abogado.

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