No sé en el ambiente en el que ustedes se mueven, pero por las extrañas tierras y gentes con las que yo me relaciono en la otrora conocida como Madre Patria ya no nos ponemos de acuerdo ni en cómo felicitar la Navidad. De un tiempo a esta parte la forma de saludarse en las recientes fechas de Navidad es en sí misma una declaración ideológica de primer orden que le coloca a uno automáticamente en la derecha o en la izquierda del espectro político. ¿Que cómo es esto posible? Muy sencillo. Si en las últimas semanas ustedes encontraron a un amigo o conocido y decidieron felicitarle, ¿cómo lo hicieron? Algunos responderán que diciendo Feliz Navidad. Otros que Felices Fiestas. Ahí lo tienen. Una aparente diferencia menor es ya un motivo fundado para la oposición política furibunda.
Parece ser que si se dice Feliz Navidad uno se identifica a sí mismo como cristiano, probablemente católico, sin duda conservador en lo ideológico, de derechas en lo político, reaccionario en general. Sin embargo, si el saludo que se emite es un Felices Fiestas, la identificación es con el agnosticismo, el ateísmo, la izquierda, la revolución, el movimiento obrero, los parias de la tierra y todo aquello que huele a azufre a y a cosas demoniacas. Y no se les ocurra decir las dos cosas juntas, porque eso hará que los dos extremos los vean como sospechosos. Quizá creerán que exagero. Pero no. La realidad es que en los últimos años cada vez más la gente no saluda en Navidad, sino que agrede. No dice Feliz Navidad o Felices Fiestas desde el espíritu de concordia, hermandad y amistad, sino desde el ansia de dejar bien claro cuáles son los principios propios. Uno saluda como si escupiera. Saluda como si le diera un puñetazo al tipo que se encontró en la calle. Saluda desenfundando el saludo y disparando las palabras.
Es una locura. En estos tiempos de polarización todo es una buena excusa para enfrentarnos. Ya ni la Navidad es un espacio de amor familiar. No. Ahora la Navidad es también ideología. Si pone usted el Belén, no es lo mismo que si pone el árbol. Si los regalos se los trae el Niño Dios o los Reyes Magos, no es lo mismo que si se los trae Santa Claus. Todo tiene una segunda lectura política y ni un inocente saludo es en realidad tan inocente, sino una declaración de intenciones, una auténtica declaración de guerra: “¡Ajá, te he dicho Feliz Navidad, a ver cómo me respondes, desgraciado!”. ¿No creen que nos hemos vuelto todos locos? Yo cada día lo pienso más.
