En una charla sobre plaguicidas impartida a comunidades Arhuacas de la Sierra Nevada de Santa Marta, luego de 15 minutos de exposición sobre la toxicidad de estos químicos, una niña de 10 años levantó la mano y formuló varias preguntas, todas complejas, pero una en particular llamó mi atención dado que para su construcción, necesitó conectar varios conceptos. De inmediato detecté que estaba frente a una inteligencia prodigiosa, de esas que no aparecen a diario y que, con demasiada frecuencia, pasan de largo por el sistema educativo sin dejar rastro.
Al terminar el encuentro, mientras indagaba por su vida escolar, una profesora llegó y preguntó cómo le había ido en la escuela. La niña respondió “bien”. La maestra insistió: “¿Estás segura?”. Ella repitió “sí”. Sin duda, tenía delante un “talento asimétrico”: rendimiento extraordinario en un campo, pero bajo en tareas que no activan curiosidad. Cuando algo le importa, brilla; cuando no, su mente busca un desafío real. Esto suele pasar desapercibido. El aula premia regularidad y cumplimiento, y ellas no siempre destacan en lo medido como “éxito”. A veces resuelven rápido y desconectan; otras brillan en territorios como creatividad o pensamiento lateral. La ‘desatención’ parece indisciplina, cuando en realidad exige retos y autonomía.
Algo similar ocurrió en Montes de María. Conocí dos estudiantes geniales. Al preguntar la razón de haber elegido sus carreras, respondieron que “en realidad no conocíamos otras”. Esa frase resume un país. Tenían sueños, pero sin mapa ni puertas. Colombia pierde futuro cuando niñas brillantes son condenadas a lo que tienen cerca, no a lo que pueden crear.

Menos resoluciones, más seguridad jurídica
Iván Martínez IbarraEl talento debe buscarse. En países con visión, el sistema busca y detecta altas capacidades desde primaria, acompañando con currículos enriquecidos y docentes preparados, evitando que el potencial muera por ceguera institucional. Aquí confundimos educación con cemento. La infraestructura importa, pero el avance exige maestros y directivos excelentes, bibliotecas con zonas lúdicas, clubes de ciencia y lectura, matemáticas y experimentación con sentido.
Por una fracción del gasto en cemento sin pedagogía, podríamos financiar un programa formal para encontrar cada año a cien niñas o niños extraordinarios como política pública con presupuesto, indicadores y continuidad. Un programa que llegue a las escuelas, identifique altas capacidades con rigor y las conecte con mentorías, laboratorios, semilleros, clubes STEM, y becas que cubran transporte, conectividad, libros y tiempo.
El futuro nace cuando protegemos el capital más raro: mentes capaces de inventar, resolver y construir desarrollo sostenible. Dejemos de gastar para aparentar y empecemos a invertir para transformar. Busquemos a esas niñas, ahí empieza la Colombia que falta.
