El pragmatismo es un sistema de pensamiento y, al mismo tiempo, una actitud ante la vida que evalúa la virtud de las acciones y la verdad de las ideas a partir de sus efectos prácticos y su utilidad. Trasladado al ámbito político, se considera pragmático a quien decide y actúa guiado no por la ideología o una doctrina moral rígida, sino por los resultados concretos.
El pragmatismo político funciona, en muchos casos, como una suerte de anti-ideología. Valora la eficacia en la solución de problemas, rechaza la existencia de verdades morales o políticas absolutas e inamovibles, y asume que estas dependen del contexto real y del momento histórico o del presente. Desde esta lógica, el pragmático prioriza alianzas o coaliciones incluso con actores ideológicamente opuestos, siempre que ello permita alcanzar objetivos específicos.
El pragmatismo puede fortalecer la democracia cuando sirve como herramienta de consenso para lograr metas comunes pese a desacuerdos doctrinarios, o cuando privilegia la eficacia de la gestión pública, las soluciones técnicas y la evidencia empírica y racionales por encima de debates ideológicos estériles. Sin embargo, también puede debilitarla cuando se convierte en un simple instrumento, un método o una estrategia para conservar el poder, en manos de líderes oportunistas que sacrifican principios básicos en favor de conveniencias personales.

Trump se reunió con Xi: más cálculo que cambio de rumbo
Hans BlumenthalEn la actualidad, el pragmatismo se ha convertido en una estrategia de gobernabilidad en un mundo globalizado. Quizás el ejemplo más representativo de lo que suele llamarse “pragmatismo táctico o transaccional” sea Donald Trump, quien, pese a su retórica nacionalista y disruptiva, ha priorizado acuerdos bilaterales directos y el crecimiento económico por encima de afinidades ideológicas.
Un caso ilustrativo es Venezuela. Cuando muchos pensaban que había llegado el momento de una transición democrática —tras los acontecimientos del 3 de enero—, la oposición se encontró con una alianza estratégica entre Trump y el llamado “chavismo sin Maduro”. El objetivo principal no fue la democracia, fue priorizar la estabilidad y el control social para evitar un vacío de poder, al tiempo que se garantizaba el acceso de Estados Unidos a los recursos energéticos del país.
Todo indica que, mientras Trump esté en la Casa Blanca, Latinoamérica deberá jugar con las mismas cartas del pragmatismo en su relación con Estados Unidos. Hasta finales de 2025 parecía claro que las alianzas ideológicas con el Partido Republicano aseguraban un trato preferencial. Nayib Bukele, Javier Milei y buena parte de la derecha regional confiaban en ello. Hoy esa certeza parece resquebrajarse, especialmente después de que Trump elogiara públicamente a Delcy Rodríguez y relegara a María Corina Machado a un segundo plano. La izquierda, en cambio, parece haberlo entendido antes, como lo sugieren las posturas de Claudia Sheinbaum, Lula da Silva y el reciente acercamiento de Gustavo Petro a Washington.
*Profesor universitario.
