Nos encontramos en la galería 162 del Museo de Arte Metropolitano de Nueva York, contemplando la que quizá sea la figura más admirada del dios Pan, representación mitológica en la Grecia antigua de la fobia y el pánico. Pan nació de la imaginación griega, mitad hombre y mitad cabra, no pertenecía al Olimpo de Zeus: representaba la dimensión más alta del miedo, la que queda cuando se anula la razón. Pan personificaba también al deseo primitivo, su potencia simbolizaba la sexualidad desbordada, en él se unen dos fuerzas que gobiernan al ser humano desde siempre: el miedo y el deseo.
Ese miedo súbito que provocaba es el mismo que hoy recorre las sociedades cuando sienten que el orden se desmorona. Ese pánico colectivo, silencioso, irracional, contagioso y difícil de contener, reaparece cada vez que el país enfrenta nuevas amenazas. En Colombia, el peligro no lo representan criaturas mitológicas, sino una guerra que cambió de forma, sin que nuestras instituciones militares se adaptaran a tiempo.
Carlos Negert, defensor del Pueblo, dio a conocer el informe sobre riesgos electorales, tal vez se queda corto cuando señala que una cuarta parte del país se encuentra bajo amenazas y constricciones del narcotráfico, de la criminalidad y la insurgencia, que impedirán a la gente votar libremente. Arauca, Cauca, Chocó, Caquetá, Catatumbo, Guaviare, Meta, Antioquia y el sur de Bolívar son los territorios donde los resultados de las urnas serán espurios. Este gobierno les ha otorgado patente de corso a esos criminales, las autoridades no los pueden capturar, aun si son sorprendidos violando la ley en flagrancia. Esta semana una facción –actualmente en conversaciones de paz– asesinó a 30 combatientes de otra.
La guerra híbrida contemporánea no se libra con miles de soldados, sino con tecnología: interferencia de comunicaciones, inhibición de señales y uso de drones cargados con explosivos plásticos. Es evidente que nuestras fuerzas armadas no han podido integrar al uso legítimo de la fuerza esta nueva forma de combatir. Siguen rezagadas y nuestros soldados y policías, continúan siendo víctimas de los drones criminales.
Un dron barato, pero útil para estos propósitos, cuesta entre 200 mil y 500 mil pesos -recordemos que deben ser desechables-, mientras nuestro Ejército adquiere drones por valor unitario de 145 millones de pesos (lo que vale un carro de gama media), contratos internacionales y convenios interadministrativos por decena de miles de millones de pesos para su adquisición o desarrollo, han resultado viciados o fallidos.
Estamos perdiendo la guerra desde los escritorios. Los conflictos se ganan con inteligencia, planeación estratégica y economía, no con compras descontroladas y desproporcionadas. De lo contrario, seguiremos enviando a nuestros soldados y policías a enfrentar un enemigo del siglo XXI con herramientas del siglo pasado.

