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Columna

Del marxismo cultural al capitalismo woke

“El wokismo no constituye una teoría social científica, sino una ideología cuya bandera es el igualitarismo sociocultural...”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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Uno de los términos más polémicos de la política contemporánea es el de “marxismo cultural”. Mientras algunos intelectuales y amplios sectores de la izquierda niegan su existencia —bajo el argumento de que el marxismo es una teoría materialista y no culturalista—, desde la derecha se le acusa de ser una teoría conspirativa que pretende acabar con la civilización occidental. Dos posiciones extremas y, en buena medida, equivocadas, como intentaré sostener a continuación.

El término “marxismo cultural” fue utilizado por académicos norteamericanos desde la década de 1970 para referirse a aquellos autores que, desde una perspectiva marxista, analizaban la cultura, como Gramsci, Adorno o Horkheimer. Sin embargo, hacia finales del siglo pasado, el concepto comenzó a asociarse con las teorías posmodernas de la identidad, el deconstruccionismo y los estudios culturales —feministas, de raza, etnia y poscoloniales—, alejándose progresivamente de las utopías revolucionarias y del concepto clásico de lucha de clases.

Como puede colegirse de lo anterior, es innegable que existe una teoría social que busca explicar la realidad cultural desde una perspectiva marxista. Autores como Néstor García Canclini o Raymond Williams dan cuenta de ello. A esta corriente se le ha denominado teoría crítica marxista o, simplemente, marxismo cultural. Se trata, además, de una ideología legítima que pretende reivindicar nuevos escenarios de lucha cultural —género, raza, etnia, entre otros—, pero que se vuelve cuestionable cuando se transforma en una suerte de inquisición secular que promueve la corrección política y la cultura de la cancelación, como ocurre con frecuencia en el wokismo.

El wokismo no constituye una teoría social científica —aunque se apoye en la teoría crítica de la raza y la interseccionalidad—, sino una ideología cuya bandera es el igualitarismo sociocultural y el hiperindividualismo posmoderno. Su núcleo básico se fundamenta en la idea de que existe una mayoría opresora y privilegiada —el hombre blanco, machista y heterosexual— y una minoría oprimida y desfavorecida —negros, mujeres y homosexuales, entre otros—. El wokismo, sin embargo, tiene un lado problemático y un lado oscuro.

El lado problemático aparece cuando se convierte en una religión neopagana, en la que existen dogmas de fe que no se discuten y un pecado original —racismo sistémico, heteronormatividad, patriarcado o masculinidad tóxica— que exige confesión pública y expiación constante por parte de quienes biológicamente nacen hombres y culturalmente se identifican como masculinos.

El lado oscuro es su matrimonio indecoroso con el neoliberalismo, lo que permite hablar de un auténtico “capitalismo woke”. El wokismo promueve la autonomía personal y el libertarismo moral, para lo cual resulta funcional la desregulación de instituciones sociales fundamentales como la familia, el género o la religión. Todo ello ha sido posible en la medida en que identidades, orientaciones y estilos de vida se han convertido en objetos de consumo, amplificados y comercializados por plataformas como Netflix, YouTube o Facebook.

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