Ya casi termina enero, mes que está pasando como “volador sin palo”.
Observamos algunos amigos estresados, con sus nuevas ocupaciones; otros, por la falta de ocupación, entre ellos los desempleados, donde es obvio no entran los pensionados, ellos sí tienen una buena cantidad de labores que realizar en el día a día. Se convierten en expertos en mandados, ingenieros en el arte del rebusque, mercadotecnistas en la compra de la leche y de los medicamentos; buenos litigantes en el regateo de los aguacates, las verduras y las frutas; veterinarios al sacar los perros a “mear”; optómetras en el arte de ver buenos “pompis”.
Y la verdad, ¿qué más veo?

Trump se reunió con Xi: más cálculo que cambio de rumbo
Hans BlumenthalDetecto que se ha abandonado mucho la lectura, es que en estos tiempos los reyes del encantamiento y del entretenimiento son TikTok, Instagram, Facebook, X, los WhatsApp y otras hierbas tecnológicas. Plataformas ilusionadoras que nos roban el escaso tiempo que tenemos. No se puede olvidar que llevamos encima un canasto de confites —nuestros años— que, hora tras hora, se encuentra más vacío, como un reloj de arena infatigable.
Es indudable, entramos en el siglo del aceleramiento. Deambulamos con una prisa desmedida; escribimos, leemos, comemos y amamos con mayor rapidez. Vivimos en una sociedad del cansancio, donde todo es medible y cuantificable, bajo los viles espectros del eficientismo, la productividad, la utilidad, el cruel mercadeo, jugando incluso con nuestro tiempo, siempre yendo en pos de recompensas cerebrales que calmen nuestra ansiedad, procurándonos incentivos precarios y momentáneos. Es nítido, ha disminuido en gran medida nuestras capacidades de concentración y cognitiva. No se trata de eliminar la tecnología de nuestras vidas; ella también es valiosa. Entró por la puerta de adelante y ocupa ya una porción mayúscula en los espacios del conocimiento cotidiano.
Pero no pocas veces esas máquinas nos están instrumentalizando, en lugar de que ocurra lo contrario. El analfabetismo funcional sintoniza con un panorama oscuro, el de las nuevas generaciones, donde se percibe cómo flaquean las artes del buen leer, del pensar, del analizar, del ejercer una crítica constructiva. Basta escuchar la música que hoy se produce, con estribillos repetitivos y vacíos, para notar como se ha perdido en buena parte la afinación, el cabal diapasón, el canto, con letras que conmuevan nuestras fibras más íntimas.
Leer, escribir, escribir a mano y escuchar buenas melodías se ha convertido —¿quién lo creería?— en un acto de rebeldía.
Los placeres a los que me estoy refiriendo son gratuitos o de bajo costo, acudiendo a las bibliotecas, poder comprar cuadernos, lápices y lapiceros económicos e invitar a un café, aunque sea de aquellos baratos. Recuperar el tiempo perdido o distribuirlo de una mejor forma es posible. Es simplemente decirnos, con verticalidad y gallardía: “No deseo hacer lo que me propone la modernidad”. No quiero las prisas a las que nos tienen abocados. Prefiero degustar un libro, una cena o un tinto en una forma más pausada, y entender que ésta también es una forma de resistencia, especialmente para recuperar nuestra atención e impedir que nuestro tiempo se convierta en una mercancía, como si fuéramos una manada de borregos.
Lo confieso, estas líneas, en una forma inicial, las realicé a mano. Ver el bolígrafo deslizarse sobre una hoja en blanco, esparciendo su tinta, me causa un placer particular. Es una especie de rebeldía frente a la adicción de los dispositivos móviles. Ya lo sabemos: la tecnología nos hace dichosos por instantes. Esto se comprueba fácilmente en los niños, que gozan frente a una pantalla y se angustian, en una forma bochornosamente violenta, cuando se les aleja de ella.
No se están proponiendo actos en contra de una tecnología, que resulta saludable en ámbitos como la medicina o el derecho; lo que se propone es manejarla con cuidado. Vale la pena, por ejemplo, dedicar al menos media hora a desarrollar un diario vivencial o a leer algún tema que realmente nos convoque. Somos seres narrativos: nuestras identidades se construyen con relatos, y ese leer y escribir nos devuelve a la humanidad. Al ejercerlos, entronizamos en nuestro ser un acto de soberanía personal y reconquistamos, aunque sea por un momento, nuestra ya escasa libertad.
Adenda 1.
Desde esta columna invitamos al “Hay Festival” de Cartagena de Indias 2026, que se llevará a cabo del 29 de enero al 1 de febrero, con grandes invitados como Leonardo Padura, Amor Towles, Juan Gabriel Vásquez y Javier Cercas, entre otros.
Adenda 2.
Desde esta orilla felicitamos a nuestros queridos escritores: Uriel Pérez Márquez, Enrique del Río González, Germán Hernández, Ramón Duque Arrázola, Óscar Borja Santo Fimio, Carmen Hernández, Antonio Prada Fortul, Orlando Gallo y Reinaldo Espitaletta, entre otros. Muchos éxitos para todos ellos.
