Jorge Radi Sagbini, mi primo, residente en su Barranquilla del alma, funge como escribiente de nuestra familia materna, tuvo el privilegio de compartir con su abuelo don Elías Radi Abujalil (1880-1951), sabio, emprendedor, afectuoso, irreprochable, echó raíces en la ‘Puerta de Oro de Colombia’ después de largo viaje a bordo de un barco repleto de migrantes, huyéndole a la pobreza engendrada por rencores y la insaciable guerra, dejando atrás familia y patria envueltas en las cenizas de la desesperanza. “¿Por qué te marchaste abuelo?”, preguntaba Jorge viéndolo nostálgico. Dejé atrás padres, hermanos, amigos; mi tierra y sus viñeros, arroyos cristalinos devorados por las fauces de la avaricia, guerra, odios, ausencia de Dios y justicia. Mucho antes de que existieran patrias, himnos, discursos encendidos, escudos, banderas y fronteras, el ser humano emigró desde las cavernas de África Oriental buscando cobijo, alimentos, protección para sus crías. Siglos después, el abuelo Elías decidió huirle a la desesperanza, abandonando frutos de arduo trabajo, migró como han hecho, en los últimos años, dos millones de colombianos huyéndole al ‘Sálvese quien pueda’. Elías llegó a estas tierras sin miga de rencor, dispuesto a trabajar y empezar de nuevo. Construyó su nido sin renunciar a su estirpe, con la frente en alto, jamás convertido en amo ni esclavo. ¿Quién lo duda? Pertenecemos a un mundo de migrantes, sorprende escuchar a nuestro presidente obstinado en que “¡Colombianos! retornen a su tierra, escapen de la esclavitud foránea”, olvidando que tan dolorosa decisión se toma cuando el país de nuestros ancestros extingue garantías para vivir dignamente, educar a sus crías, trabajar, decir lo que piensa, morir con la sonrisa del deber cumplido, no con un tiro en la frente por sus convicciones. Así lo entendieron millones de colombianos y venezolanos: cruzaron fronteras acosados por el aguijón de la pobreza, ausencia de trabajo digno, violencia ideológica, justicia social en silla de ruedas.
La migración no es fenómeno vergonzante: millones de seres humanos se desplazan esperanzados, tejiendo nidos seguros y confortables para sus crías, ojalá tejan, en Casa de Nariño, soluciones con hilos de paciencia y cordura. Migrar, decisión dolorosa para el abuelo, valió la pena: extinguió lentamente los garfios de la nostalgia llenándose de francas ilusiones, de esas que acompañaron al Homo Sapiens cuando abandonó las inhóspitas cavernas de Tanzania, dispuesto a conquistar el mundo igual que Elías y sus sandalias desgastadas, quien, a escondidas, todas las madrugadas, se empinaba en el sardinel de su negocio, cerca de la Plaza de San Nicolás, esperanzado, atisbando, en lontananza, valles y montañas del Líbano, repletos de pinos, aceitunas y viñeros que jamás se marcharon de su alma.
