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Columna

Abolir la guerra

“Magnífico. Queda abolida la guerra. Ya no hay motivo del qué preocuparse…”.

Alfredo Ramírez Nárdiz

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Hace un par de semanas tuvo lugar en Barcelona una reunión de líderes progresistas en la que el presidente español Pedro Sánchez ejerció de anfitrión de, entre otros, el presidente de Colombia, Gustavo Petro; el presidente de Brasil, la presidenta de México y otras relevantes figuras políticas internacionales. Más allá de entrar a valorar la apropiación política de la palabra progresista o si los allí presentes han supuesto, suponen o supondrán algún tipo de progreso para sus respectivos países, lo que más me llamó la atención de las citadas jornadas fue la intervención del expresidente español Zapatero y su apelación a declarar abolida la guerra.

Magnífico. Queda abolida la guerra. Ya no hay motivo del qué preocuparse. Más allá del absurdo de pretender que el resto de la humanidad esté en el mismo escalón psicológico de alguien que de verdad cree que se puede eliminar una conducta humana por decreto (dicho sea de paso, las Naciones Unidas ya abolieron hace tiempo la guerra en su Carta y miren ustedes el éxito que han tenido), esta forma de pensar de Zapatero dice mucho de la situación política actual. Porque el pensamiento mágico, la creencia de que sólo hace falta desear una cosa para que esta cosa pase, no es algo exclusivo ni de este señor, ni del grupo ideológico al que representa. Es algo tristemente extendido en todos los lados del espectro político. Y lo es porque la sociedad actual piensa justamente de este modo. El abandono de la racionalidad en favor de la emotividad. La pérdida de la lógica y el abrazarse a los sentimientos, por carentes de argumentos que sean, está cada vez más generalizado en nuestras sociedades y en nuestros políticos.

Así tenemos a gente de derechas que vive convencida de que puede parar movimientos de millones de personas como son las migraciones y parar el reloj de la historia. O a gente de izquierdas que pretende sacar a los pobres de la pobreza aprobando dos leyes. ¡Como si fuera un acto de brujería! Otros que piensan que esta conducta indeseable se elimina con una orden política. O que la violencia desaparece prohibiéndola por decreto. Es propio de nuestra época creer que las montañas se deshacen arrojándoles papeles oficiales. Cuando se desconoce (o se desprecia) la complejidad de un problema es normal pensar que se puede solucionar con un acto de voluntad. Así que no es extraño que Zapatero piense que se puede abolir la guerra. Lo que da más miedo es toda la gente que tenía alrededor y que se deshizo en aplausos.

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*Universidad Autónoma de Barcelona.

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