Entre las noticias de la semana volvió a colarse una que, aunque dolorosa, ya no sorprende: la muerte de un motociclista en Cartagena asociada a la imprudencia vial. No es un hecho aislado ni una anomalía estadística. Es, tristemente, una pieza más de un paisaje que se repite con demasiada frecuencia, confirmando que en las calles de la ciudad el riesgo dejó de ser excepcional para convertirse en rutina.
Las cifras lo respaldan. Según el propio Departamento Administrativo de Tránsito y Transporte (DATT), el 86% de los accidentes de tránsito registrados en Cartagena durante 2025 involucraron una motocicleta. Ese dato por sí solo debería encender todas las alarmas, no porque la motocicleta sea el enemigo, pues es para miles una herramienta de trabajo y movilidad, sino porque evidencia una cadena de comportamientos peligrosos que hemos normalizado durante años: exceso de velocidad, irrespeto por los semáforos, giros indebidos, adelantamientos temerarios, invasión de carril contrario.
Ya es paisaje urbano ver motos con sobrecupo, cuatro o cinco personas amontonadas en una moto, incluidos niños y hasta bebés sin la más mínima protección, como si la fragilidad de la vida pudiera negociarse por llegar más rápido o gastar menos. Lo anormal se volvió cotidiano, y lo peligroso, invisible. Conductas que hoy pasan frente a nuestros ojos con la misma naturalidad con la que ignoramos sus consecuencias.
El desorden vial no es un problema menor ni sus consecuencias se limitan a la movilidad. Hay una relación directa entre cómo se conduce y cómo se convive. Quien considera que el carril, el semáforo o el peatón son opcionales, difícilmente respeta otras normas básicas de convivencia. Durante demasiado tiempo se ha tolerado que volarse un semáforo en rojo sea normal, que invadir el carril contrario sea visto como estrategia y que imponer la fuerza o la velocidad se vea como sinónimo de destreza.
Hoy esa lógica se ha expandido, porque ya no son solo las motos. Ahora es normal ver taxis, busetas y vehículos particulares replicando el mismo irrespeto, como si la ley vial fuera una sugerencia flexible y no un pacto colectivo de obligatorio cumplimiento.
En medio de ese caos se mueve una mayoría silenciosa. Conductores que frenan a tiempo, ceden el paso, hacen fila, y soportan cómo otros se atraviesan, adelantan por donde no es o se apropian de cualquier espacio disponible. Esa mayoría ejerce, casi de forma automática, una resignación cotidiana: cede para evitar un choque, un insulto o una agresión. Pero cada concesión forzada es una pequeña derrota de la convivencia respetuosa, un mensaje perverso que termina premiando al imprudente y castigando al que intenta hacer las cosas bien.
La pregunta final incomoda, pero no puede seguir aplazándose: ¿nos resignamos a que el problema se salió definitivamente de control, o todavía estamos a tiempo de construir una verdadera cultura vial en la ciudad? Tal vez la respuesta no dependa solo de más comparendos, operativos o discursos, sino de una decisión colectiva de dejar de normalizar el desorden. Porque una ciudad que no se respeta en sus calles difícilmente podrá respetarse en todo lo demás. En cada uno de nosotros está cambiar esta tendencia y mejorar la seguridad en nuestras vías.
