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Columna

Decir o escribir las cosas

“Escribir bonito es el simple deseo de escuchar algo dulce a pesar de tantas cosas feas que estamos padeciendo...”.

LIDIA CORCIONE CRESCINI

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«Tú sí escribes bonito», me dicen a menudo las personas que me encuentran y me leen. Agradezco el gesto sin egos, pero la frase me persigue. Me hundo en la duda y me pregunto: ¿qué es, realmente, escribir bonito?, ¿o qué es hablar bonito? Quizá todos queremos escuchar cosas bonitas y por eso repetimos esa frase «escribe bonito», pero sé que se refieren a la forma de hablar de la realidad de una manera asertiva. A veces pienso que escribir bonito es el simple deseo de escuchar algo dulce a pesar de tantas cosas feas que estamos padeciendo. Es buscar palabras de aliento que nos repitan que el camino siempre se abre, que hasta las piedras nos escuchan, que la vida continúa y que cada uno de nosotros debe poner de su parte. Queremos creer que somos seres únicos e indispensables para este planeta y para la convivencia. Es un bálsamo necesario. Sin embargo, el tiempo pasa y me interroga con dureza: ¿dónde están los hechos?, ¿dónde están las acciones? ¿De qué sirven las palabras armónicas si fallamos en cómo nos comportamos con nuestra tierra, con nuestra ciudad, con nuestros amigos y vecinos, con todo un pueblo? ¿Qué sentido tiene el lirismo frente al transeúnte o frente al vendedor de la esquina, frente a todo el que pasa por nuestro lado y al que ignoramos? Para mí, escribir bonito no es adornar la realidad. Es desbordar el sentimiento puro. Es querer arrancarse el alma para no desgarrarse ante tanta podredumbre, ante tanta porquería, ante el egoísmo, la envidia y la maldad que el ser humano despliega a diario. No es ocultar la basura bajo una alfombra de adjetivos; es denunciar con el corazón abierto. Me sigo preguntando qué es escribir bonito si hay luz y camino. Quizás la respuesta no esté en el papel, sino en la acción. Tal vez escribir bonito sea, en realidad, pensar en agarrar la tierra con las manos, echarle buena semilla y comprometerse a recoger buenos frutos. Por eso, te invito a ti, que me lees, a hacer una pausa. Pensemos bien antes de hablar. Busquemos que nuestras palabras no sean cáscaras vacías, sino que nuestros actos sean coherentes con la realidad que nos rodea. Vivimos en una sociedad que cada vez más reclama ética, decencia y, sobre todo, una honestidad radical en cada uno de los hechos que realizamos a diario. Al final, la literatura y la vida se reducen a dos preguntas que todavía no logramos responder del todo, pero que marcan nuestro rumbo en este suelo: ¿quiénes son los demás y quiénes somos, verdaderamente, cada uno de nosotros? Hablar o escribir bonito, entonces, es intentar responderlas con honestidad y coherencia. ¿Cómo están hablando los candidatos y cuáles son sus programas?

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