“La intención de sus abuelos era hacerle virtuoso y sabio, ya que no le podían hacer rico; como si la sabiduría y la virtud no fuesen las riquezas sobre las cuales no tienen jurisdicción los ladrones, ni la que llaman Fortuna”.
Miguel De Cervantes.
A las abuelas se les mira como si vinieran de un país más antiguo que la sangre, donde el amor no se mide por apellidos, sino por la forma en que unos ojos se iluminan al ver llegar al nieto. En nuestra memoria aparecen como alcahuetería y ternura bendita, y es porque a los nietos se les quiere doble, dicen, aunque yo sospecho que se les quiere triple e incluso, infinitamente, porque las abuelas vuelven a criar sin la prisa del pan diario y eso crea un lazo que no se rompe.

Menos resoluciones, más seguridad jurídica
Iván Martínez IbarraMi abuela Juana Ortega pertenecía a esa raza de mujeres que no hicieron ruido para ser grandes, porque les bastó cargar una familia sobre los hombros y convertir la escasez en una forma digna de abundancia. Fue fuerte, virtuosa, visionaria y sabia; sabía cuándo hablar y cuándo callar, cuándo intervenir y cuándo dejar que el tiempo diera su lección.
Procuró lo mejor para sus hijos y, a los que pudo, los empujó hacia una profesión, como quien abre una ventana en medio del monte para que entre el porvenir. Cuando estuvo más vulnerable no dudó en desprenderse de todo para socorrer a los suyos, porque las abuelas no entregan lo que les sobra, ellas dan hasta lo que no tienen.
Era tanta la calidez de la vieja Juana que su casa terminó siendo una embajada de Tacaloa y de La Pascuala, había siempre una primera estación para el pariente que venía a estudiar o al médico, allí se recibían con comida abundante, cariño, música y hasta parranda; los desayunos eran una liturgia de gallina criolla, arepa, yuca, ñame y pescado frito al gusto de cada uno.
A veces vuelven sus consejos con una claridad que entonces no tuve, porque la inmadurez suele confundir la sabiduría con sermón y solo los años nos enseñan que ciertas palabras eran lámparas encendidas antes de que llegara la noche. Hoy los escucho como principios de amor, paz y bien, mezclados con su voz dulce y maternal, cantando esas canciones que por ella se volvieron mías: “Te esperaré, sé que me quieres y yo seré tu adoración”; “No me toquen ese vals porque me matan”; “Ódiame por piedad yo te lo pido”; “Recuerdo tu nombre a cada momento”.
Hoy sus palabras retumban en mí, junto a los ojos de Yolanda Galindo llenándose de luz apenas me veía. No nos hicieron ricos según el lenguaje pobre del mundo, hicieron algo mayor, nos dieron virtud, memoria y sabiduría, por eso sé que nunca morirán del todo, porque su legado seguirá respirando en nosotros a través de lo más difícil de conquistar y lo más sencillo de entregar para una abuela: el amor incondicional, ese que se revienta dulce y eterno entre abrazos y besos.
A mis abuelas, descansen en la paz de Dios.
*Abogado.
