Ayer, después de hacer varias vueltas en el Centro, decidí sentarme a tomar algo para quitarme la sed. Y como yo sostengo la teoría -indiscutible para mí- de que la sed de café existe, entré al Juan Valdez que queda frente a Bellas Artes y me senté en la Plaza de San Diego a disfrutar mi americano.
Mientras soplaba el café para darle el primer sorbo, vi por encima de mis lentes a una señora mayor que empujaba un coche de bebé repleto de termos de tinto. Lo estacionó justo al lado de mi silla y, de inmediato, casi que sincronizados, comenzaron a acercársele varios hombres como si llevaran rato esperándola. “Buenos días señora Ana, me regala uno doble por favor”. “A mi uno con leche”. Y el otro le dijo: “Ya usted sabe cómo”.
Ella sacó un termo rojo del coche, desenroscó su tapa y lo alzó dejando caer un chorro de café hirviendo en el vasito de icopor. El humo subió lento, espeso, y por unos segundos me borró la plaza, las mesas y hasta el ruido de la gente que pasaba. Entonces me vi empinada, apoyando las manitos sobre el mesón de la cocina de mi abuela, observándola colar el café con aquel viejo trapo mientras los casabes se tostaban en el sartén y sonaban en la radio canciones de Rocío Durcal y Ana Gabriel.

Menos resoluciones, más seguridad jurídica
Iván Martínez IbarraY yo acá, tomando americano de diez mil, sola, en vez de estar sentada en medio de aquella pequeña tertulia alrededor de Ana; hablando de política, del calor tan insoportable que está haciendo, de los constantes racionamientos de agua, o de lo que sea.
Además -pensé-, comprándole el café probablemente estaría ayudando a sostener una historia. Porque mujeres como Ana levantan hijos enteros a punta de termos de café y madrugadas. Hierven el agua antes de que amanezca, al tiempo que preparan desayuno y hasta almuerzo, para salir a rebuscarse el día empujando un coche que no carga bebés, sino resistencia.
Y yo seguía allí, sosteniendo mi vasito rojo con el logo perfectamente impreso, tan ‘instagrameable’ que incluso había pensado en tomarle una foto con la fachada del Hotel Santa Clara de fondo. Porque claro, nadie va sacarle una foto al vasito de icopor de doña Ana. Ese tinto no es hecho con grano de origen, ni con esencias frutales, ni mucho menos liofilizado... aquí, el equilibrio y el carácter se los da ella misma con su colador de trapo y la experiencia que le dan los años. Pero ese tinto sabe a hogar, a familia, a andén de barrio, a conversación sin afán. Por eso bastaba con que apareciera empujando su coche, para que media plaza sintiera que el día, ahora sí, podía empezar.
Con Ratatouille aprendí que los sabores no solo se prueban: también se recuerdan. Y a mí el café me recuerda a la cocina de mi abuela, a las madrugadas de colegio, a las visitas que llegaban a casa dándose onda en un mecedor... entonces entendí que, a veces, el verdadero aroma del café no viene de la taza. Viene de los recuerdos.