comscore
Columna

La desesperanza de amar Colombia

“Nadie piensa en ustedes. Nadie tiene buenas ideas, ni buen corazón. Quizá, porque detrás de tanto calor, de tanta alegría, de tanta belleza, no haya otra cosa más que aquello que no queremos aceptar, pero que sabemos que está ahí”.

Alfredo Ramírez Nárdiz

Compartir

Viví en la Costa siete años. Ocho si sumamos los periodos en que después he vuelto. Es mi segunda patria y no duden que cualquiera que entre en mi despacho de aburrido profesor universitario podrá ver junto a la Constitución de mi país natal, la de Colombia. Una junto a la otra como símbolo de mis dos almas. La europea blanca, fría y silenciosa. La caribeña dorada, cálida y alegremente escandalosa. Por ello, siéntanme un poquito como uno de los suyos y perdónenme las palabras que vienen a continuación, a las que no mueve otra cosa sino el amor por quien sabes perdido. Pues así sentí yo a Colombia esta semana. Tras comprobar, una vez más, que aquello que me llevó a dejarla y volver a mi tierra de origen no era locura mía, sino sensata observación de la realidad de un país que parece condenado a no querer ser aquello que podría ser.

Cuando uno ama y sabe que no es correspondido no le queda más, si es sensato y tiene siquiera un atisbo de razón, que asumir la desesperanza. La derrota. La vergüenza de haber amado aquello que nada, sino dolor, te podía regalar. Y tú lo sabías. Y aun así amaste. Sabías que llegaría el dolor, la rabia, la frustración. Sabías que estabas condenado al fracaso y que tu amor era un engañarse. Mentirse voluntariamente ignorando la realidad que a cada paso te salía gritándote huye, huye, huye. Pero ¿qué otra cosa podías hacer sino amar? ¿Qué otra cosa sino rezar porque lo bueno fuera eterno y lo malo, que sabías que tenía que llegar, se retrasase un poquito más? Así se siente uno cuando ama a Colombia. Hermosa y triste mujer de cabellos negros. Cuando comprueba una vez tras otra que es una tierra abandonada de Dios y dejada en las manos de los hombres. Tristes hombres que, ya sea desde un extremo, ya desde el otro, sólo parecen existir para vomitar egoísmo, odio, rencor, revancha. Miedo.

Ya le dije a mi querido amigo Juan, otro romántico como yo, que no saliese de casa, que no se implique, que se refugie en sus libros y que, como nuestro Montaigne o mi buen Pla, se vaya del mundo. Porque nada encontrarás en el mundo que no te haga sufrir. No se engañen, no hay nadie bueno en la elección que han de hacer. Nadie piensa en ustedes. Nadie tiene buenas ideas, ni buen corazón. Quizá, porque detrás de tanto calor, de tanta alegría, de tanta belleza, no haya otra cosa más que aquello que no queremos aceptar, pero que sabemos que está ahí. ¿El qué? Ustedes lo saben mucho mejor que yo.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News