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Columna

La moral narcisista

“Nadie debería renunciar a sus principios, pero tampoco debería convertirlos en un garrote para descalificar la humanidad ajena”.

Enrique Del Río González

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En medio de las discusiones electorales, cuando casi todo se vuelve una prueba de pureza y cada opinión ajena parece una amenaza, conviene mirar un fenómeno que no pertenece solo a la política, aunque allí se vuelva más ruidoso. Hay quienes no discuten para entender, ni escuchan para encontrar un punto común, sino para confirmar que su manera de ver el mundo es la única decente. A eso se le llama moral narcisista, una forma de superioridad que se disfraza de virtud y termina convirtiendo cualquier conversación en un juicio.

Lo inquietante de esa actitud no está en tener convicciones firmes, porque todos necesitamos alguna brújula para caminar, sino en creer que esa brújula personal sirve para medir la dignidad de los demás. El narcisista moral no solo cree tener la razón, también cree tener la bondad completa de su lado. Desde ahí mira al otro como equivocado, ignorante o sospechoso, sin admitir que una vida distinta, una historia distinta o unas circunstancias distintas pueden producir otra manera de pensar.

Y es que no hay ignorante más grande que el que cree en verdades absolutas y esa frase debería perseguirnos cada vez que sentimos la tentación de cancelar al otro antes de escucharlo. Además, esa certeza trae una comodidad peligrosa, porque quien se siente moralmente superior deja de preguntarse por sus propios excesos; pues, como ya se ubicó en el lado correcto, todo lo que diga parece justificado y todo lo que haga queda absuelto antes de revisarse. Así la virtud deja de ser una práctica y se vuelve una pose.

En las campañas, en las redes, en la familia, en la universidad, en el trabajo e incluso en los procesos donde se cruzan argumentos y conflictos, aparece esa comunicación sin empatía que no busca diálogo, sino rendición. La derecha acusa a la izquierda, la izquierda acusa a la derecha, el centro acusa a los extremos y, en medio de esa pelea muchas personas terminan hablando como si fueran dueñas del catálogo moral más efectivo. El problema no es que existan diferencias, pues la diferencia es inevitable y hasta saludable, el problema empieza cuando la diferencia se trata como una enfermedad del otro y no como una oportunidad para comprender mejor la complejidad de la vida común.

Una sociedad democrática no puede sostenerse sobre personas que solo reconocen virtud en el espejo, necesita una verdad más humilde, una verdad dialógica, construida en conversaciones respetuosas, amorosas y capaces de buscar equilibrios por encima del orgullo propio. Nadie debería renunciar a sus principios, pero tampoco debería convertirlos en un garrote para descalificar la humanidad ajena. Tal vez el desafío de este tiempo no sea gritar más fuerte lo que creemos, sino aprender a defenderlo sin perder la posibilidad de reconocer que el otro, aun cuando piense distinto, también puede estar intentando hacer el bien desde su propia orilla.

*Abogado.

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