El relato hebreo del paraíso presenta el libre albedrío como el primer acto de dignidad humana. En el jardín, Adán y Eva no viven como criaturas programadas, sino como seres capaces de elegir. El árbol del conocimiento del bien y del mal simboliza precisamente esa posibilidad: sin la opción de desobedecer, la libertad sería una ilusión. La expulsión del paraíso no solo es castigo; es el inicio de la historia humana, el momento en que la responsabilidad y la ética se vuelven parte esencial de la existencia. La tradición hebrea, así, coloca la libertad en el centro de la condición humana: somos libres incluso para equivocarnos, y esa capacidad nos define.
Esta intuición antigua se conecta con la concepción moderna de libertad como derecho humano fundamental. Las declaraciones contemporáneas -desde la Ilustración hasta los tratados internacionales- no hacen sino formalizar una idea ya presente en el mito: la libertad no es un privilegio otorgado por el poder, sino un atributo inherente a la esencia de la persona. Libertad de pensamiento, de expresión, de conciencia y de movimiento son expresiones de esa dignidad. “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron él.” De esta manera el filósofo Jean Paul Sartre traslada la responsabilidad a cada hombre de elegir su destino a pesar de las circunstancias y, de acuerdo con la libertad de decidir, el problema es cuando esa libertad no existe.
La historia del siglo XX muestra cómo la libertad puede ser destruida sistemáticamente. El régimen de Iósif Stalin es uno de los ejemplos más extremos de esa negación. Sus purgas, hambrunas forzadas y deportaciones masivas no solo acabaron con millones de vidas, sino que aniquilaron la posibilidad misma de disentir. El estalinismo convirtió el miedo en herramienta política y la obediencia en virtud obligatoria. El contraste es claro: el paraíso hebreo revela que la libertad es el origen de la humanidad; Stalin demuestra que su supresión conduce a la deshumanización. Entre ambos polos se despliega la historia humana: una lucha constante por preservar la dignidad que nace del libre albedrío.

El color de una ciudad también construye su encanto
José William PorrasEl primero en prohibir a sus electores el uso de la camiseta de la Selección fue el propio Iván Cepeda, lo hizo como una forma de desmarcar a su elector de la otra campaña, esta prohibición nos recuerda a las prohibiciones estalinistas y, tal parece, fue una estrategia equivocada que produjo como reacción mayor identificación con la otra campaña, cuyos electores decidieron seguir usándola como una respuesta rebelde. Allí, termina el mandato de la juez, porque no tiene ninguna herramienta para prohibirla a la mayoría de los colombianos que votaron en las pasadas elecciones y votaran en la próxima por Abelardo.
*Psiquiatra.
