La fragilidad de la percepción humana nos está conduciendo por un camino muy peligroso donde la presunción de inocencia ha sido reemplazada por la furia colectiva y el descontrol social. Hace poco fuimos testigos de un episodio alarmante en Bogotá cuando un ciudadano extranjero estuvo a punto de ser linchado por una turba enardecida que se agolpó frente a su edificio. Todo comenzó porque una vecina creyó ver que el hombre abusaba de una menor en un balcón, lo cual desató una indignación inmediata que se propagó rápidamente. Sin embargo, las autoridades descubrieron que la realidad era distinta, ya que en la habitación estaban la esposa del señalado y otros dos menores que desmintieron cualquier agresión.
Sumado a este caso, encontramos que este tipo de equivocaciones visuales nos obliga a reflexionar sobre la ligereza con la que emitimos juicios condenatorios sin conocer el contexto real de las situaciones. De lo que le digan no crea nada y de lo que vea crea solo la mitad, reza un viejo adagio que cobra especial vigencia en estos tiempos de reacciones viscerales.
Muchas veces nuestros sentidos nos engañan porque la distancia, la iluminación o incluso nuestros propios prejuicios alteran la forma en que interpretamos una escena que ocurre ante nuestros ojos o en ocasiones simplemente vemos con una fijación lo que queremos ver y no lo que verdaderamente está sucediendo en ese instante.
De manera similar y tristemente, esta sed de venganza ciega recientemente cobró la vida de Norberto Pérez, exfuncionario de la Policía Nacional que fue brutalmente atacado a pedradas en el barrio Olaya Herrera por una comunidad que lo confundió con un delincuente. Las versiones indican que los vecinos intentaban tomar justicia por mano propia tras un supuesto intento de hurto y terminaron acabando con la vida de un hombre trabajador que simplemente tuvo la desgracia de estar en el lugar equivocado.
Resulta aterrador comprobar cómo la solidaridad ciudadana se está transformando en un arma mortal, pues cuando una turba decide asumir el papel de juez y verdugo, se anulan por completo las garantías fundamentales y se abre la puerta a tragedias irreparables motivadas por simples rumores o malentendidos. No podemos permitir que el miedo y la desesperación ante la inseguridad nos conviertan en asesinos irracionales que atacan sin mediar palabra ni verificar los hechos.
Por eso es urgente llamar a la cordura colectiva para frenar esta peligrosa tendencia de los linchamientos que tanto daño le hacen a nuestra sociedad, recordando que la presunción de inocencia no es un mero formalismo jurídico sino una garantía que nos protege a todos de la condena anticipada de la multitud. Debemos ser meticulosos al señalar a alguien, comprendiendo que nuestras acciones impulsivas tienen consecuencias, hasta fatales, para personas que, en algunos casos, no han cometido ningún delito.

