Cuando el poeta getsemanicense Pedro Blas Julio Romero (1949) tenía ocho años participó en un concurso y se ganó un tarro de pintura Parker, veinte cuadernos y treinta entradas para los teatros Cartagena y Colón. Siendo tan pequeño, lo mandaban con un tío al cine y por eso solo vio quince películas.
Fíjese usted: para la investigación y la historia social del cine, resulta crucial la declaratoria de ‘La Vida de Barrio en Getsemaní’ como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación, porque entender su patrimonio fílmico es poner a las películas en el centro de la experiencia barrial. Casi siempre se entiende la historia del cine como la historia de las películas, los directores, las divas y galanes que están en Europa, Estados Unidos, México o Argentina. Sin embargo, resultan relevantes los enfoques que se interesan por la experiencia social y cultural del cine; además de otros temas como la industria fílmica, la tecnología cinematográfica, los géneros y formatos, y los aspectos políticos e ideológicos.
Cine, sociedad y cultura en Getsemaní es identidad, memoria, legado y patrimonio porque están en los recuerdos de la gente, en ciertos documentos y otras fuentes. Lo que se recuerda es la expectativa que la gente sentía alrededor de la cartelera cinematográfica y los estrenos por venir. La expectativa por saber, sentir, llorar, reír, hablar y aprender aquello que llamo: ‘Estilos de ser pobre’ a la luz de lo dicho por el gran intelectual mexicano Carlos Monsiváis.
Como lo recuerda Santander Gaviria: “Cuando estaba pelao a veces no teníamos para entrar al cine. En el barrio había un personaje que le decían ‘El Chaqueta’. Un día estábamos en la entrada del Padilla y llegó él diciendo: - “Pónganse en fila india y vayan entrando”. Le gritó al portero: - “Déjalos entrar”, y él iba contando: - “Uno, dos tres, cuatro, cinco, seis y aquí está la boleta del siete que soy yo”. Dice el portero: - “¡Ajá!, ¿y los seis que entraron?”. - Y respondió ‘El Chaqueta’: “Yo te dije que los dejaras pasar, más no que yo te los iba a pagar”.
Un testimonio que representa complicidad, resistencia y viveza. Nilda Meléndez, Reina del Cabildo de Negros, tira sus memorias así: “Nosotros no podíamos ir a todo tipo de cine, porque estaban las censuras. Entonces, junto al Padilla habían unos árboles inmensos y los porteros del cine nos vendían los puestos allá en las ramas y nosotros nos poníamos a ver lo que no podíamos ver, e incluso un espectáculo que se llamaba Big - Bum - Bang - Sexy, que era de estripticeros. Uno se montaba en el árbol, ponía una tablita y veía todo. De hecho, Efraín Medina se ganó el premio nacional de literatura con esa historia”.
A buena hora llegó la declaratoria para preservar la ‘Vida de Barrio’ de Getsemaní, de Cartagena y del pensamiento fílmico del Caribe.
