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Columna

¿Cómo transforman el amor y la fe la vida cotidiana?

“El don más grande que nos trajo Jesús es el Espíritu Santo para que habite desde nuestros corazones. Nuestra tarea es acogerlo y llevarlo a los demás...”.

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

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Todos enfrentamos diferentes desafíos de diversa índole a lo largo de nuestras vidas. Tener a Dios como centro no cambia necesariamente las realidades cotidianas, sino que les da un sentido nuevo y nos permite vivirlas de manera diferente. Cada circunstancia, se vive y se contempla desde su amor, y esto hace que todo contribuya a transformarnos interiormente. Tanto las situaciones difíciles como las alegres, todas son medio para experimentar su amor y animarnos a crecer y desarrollarnos.

Nos dice San Pablo: “Para quienes aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien”. También afirma que nada podrá separarnos del amor de Cristo: ni la tribulación, ni la angustia, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada, porque todo lo vencemos gracias a Aquel que nos ha amado. Por eso, el amor de Dios, nuestra fe y confianza en Él son nuestra mejor compañía.

El evangelio nos relata la multiplicación de los panes y los peces. Cristo nos llama a ser hoy sus manos multiplicadoras. Los discípulos aportaron lo que tenían: cinco panes y dos peces, y Jesús hizo posible que con ellos comieran más de cinco mil personas. Así son las matemáticas con Dios, nosotros ponemos a su disposición nuestros talentos, nuestra vida, nuestro trabajo, y todo con lo que contamos, y Él lo multiplica con su amor y generosidad.

El don más grande que nos trajo Jesús es el Espíritu Santo para que habite desde nuestros corazones. Nuestra tarea es acogerlo y llevarlo a los demás, para que actúe en nuestra vida cotidiana y vaya transformando las realidades para bien. Jesús nos invita a cuidarnos de no quedarnos únicamente anhelando la multiplicación de los panes y los peces para satisfacer nuestras necesidades materiales, sino despertar en el alma el deseo de Dios y abrirnos a su poder transformador de nuestro corazón, y desde allí, proyectarse a los demás. El pan por excelencia es la Eucaristía, porque es Cristo mismo, quien nos hace participar de la comunión de amor de la Santísima Trinidad.

San Josemaría Escrivá nos anima a convertir la vida cotidiana en camino de santificación: hacerlo todo por amor a Dios; santificar el trabajo, la vida familiar, la amistad, nuestra participación en la comunidad.

Construyamos el Reino de Dios y procuremos su justicia en medio de nuestras actividades y circunstancias diarias; todo lo demás lo recibiremos por añadidura. Vivamos, entonces, cada jornada con fe y amor, poniendo nuestros dones al servicio de Dios y de los demás, para que lo cotidiano se convierta en camino de transformación y santidad. Que aprendamos, como enseña san Ignacio, a “en todo amar y servir”, buscando siempre la mayor gloria de Dios.

*Rm 8, 28, 35, 37-39; Mt 14, 13-21.

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