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Columna

Ormuz: la derrota que Trump se niega a admitir

¿Perdió Estados Unidos, junto con Israel, la guerra contra Irán, y de forma irreversible? ¿O quedan caminos reales para revertir el resultado, más allá de la retórica de la Casa Blanca?

Hans Blumenthal

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El estrecho de Ormuz es la prueba más incómoda de la guerra contra Irán. Estados Unidos tiene una superioridad militar abrumadora y aun así no logra imponer las condiciones políticas de la paz. Mientras Washington y Teherán siguen empantanados en su pulso, los países que más dependen de ese paso, China, India, Japón y Corea del Sur, miran desde la banca, pagando la cuenta sin sentarse a decidir nada. Las razones para ir a la guerra pudieron ser entendibles; lo que sorprende es la falta de estrategia y profesionalismo con que se ejecutó.

Donald Trump lo volvió a intentar el 10 de agosto. El estrecho, dijo, está bajo control total de Estados Unidos. Cinco días después subió la apuesta en un mitin electoral: prometió declarar el estrecho territorio de Estados Unidos en cuanto Irán fuera “derrotado”. Teherán respondió con una frase que resume bien el desfase: Ormuz “no se toma por tuit, ni con un portaaviones, ni con una orden o un discurso de campaña”, escribió el viceministro de Exteriores Kasem Gharibabadi; “perteneció a Irán, pertenece a Irán y pertenecerá a Irán”. Es un recurso que Trump repite desde hace años: describir una realidad más favorable que la real. Pero esta vez, como en otras ocasiones, las cifras muestran que es falso lo que dice, y con precisión incómoda. Antes de la guerra, entre 120 y 140 barcos cruzaban Ormuz cada día, la mitad petroleros, con cerca de 20 millones de barriles diarios, casi una tercera parte del crudo que se mueve por mar en el mundo. En el peor momento del conflicto, ese tráfico cayó a dos petroleros diarios, y a finales de julio, con el memorando ya firmado, seguía en apenas diez tránsitos, menos de una décima parte de lo normal.

El mercado de seguros marítimos cuenta la misma historia. Antes de la guerra, asegurar contra riesgo bélico un petrolero de cien millones de dólares costaba unos 250.000 dólares por viaje; hoy esa misma póliza cuesta entre tres y diez millones, según la correduría Marsh. Un análisis del centro Irregular Warfare Initiative lo resume mejor que cualquier parte de guerra: las aseguradoras cerraron el estrecho antes que la marina iraní.A las 48 horas de los primeros bombardeos, el 28 de febrero, las primas ya se habían disparado y Lloyd’s había declarado el golfo Pérsico zona de conflicto, antes incluso de que Irán sembrara la primera mina. Controlar Ormuz “al cien por ciento”, como dice Trump, no sirve de nada si nadie se atreve a cruzarlo.

La razón de ese desfase es más simple de lo que parece. Irán no necesita vencer a la marina estadounidense para bloquear Ormuz: le basta con volver el tránsito lo bastante riesgoso. Minas, misiles antibuque, drones y lanchas rápidas de la Guardia Revolucionaria, sumados a la incertidumbre de los aseguradores, alcanzan para disuadir a cualquier naviero racional. Ahí está el mecanismo detrás de la cifra: Estados Unidos puede dominar militarmente el estrecho sin conseguir que el comercio vuelva a confiar en él.El analista Esfandyar Batmanghelidj explicó a The New York Times que Teherán usa el estrecho como mecanismo para obligar a Trump a cumplir lo prometido en el memorando; Ali Vaez, de International Crisis Group, lo llamó directamente la espada de Damocles que pende sobre el presidente.

Detrás de esa asimetría hay una pregunta que hoy divide a la prensa y a los analistas de Washington, Londres y otras partes del mundo: ¿perdió Estados Unidos, junto con Israel, la guerra contra Irán, y de forma irreversible? ¿O quedan caminos reales para revertir el resultado, más allá de la retórica de la Casa Blanca?

Foreign Affairs publicó este año dos lecturas prácticamente opuestas. En “Iran Won the War but May Lose the Peace”, Vali Nasr y Karim Sadjadpour sostienen que Trump perdió la guerra y también la negociación para cerrarla: el propio secretario de Estado, Marco Rubio, calificó el control iraní del estrecho como el “arma nuclear económica” de Teherán, una garantía de seguridad más eficaz que una bomba atómica. En el otro extremo, otro análisis de la misma revista, “Iran Didn’t Win the War”, sostiene que juzgar la guerra aisladamente es un error. En tres años de desgaste regional, desde el ataque de Hamás en 2023, Estados Unidos habría recuperado buena parte del terreno que Irán ganó en la región durante dos décadas. Ni siquiera esta lectura más optimista, sin embargo, logra explicar Ormuz.

Las lecturas más frías coinciden en el diagnóstico. El Council on Foreign Relations sostiene que el memorando de junio fracasó porque los sectores duros del régimen no se conforman con las ganancias económicas del acuerdo: quieren el control político del estrecho. The Guardian documenta cómo los objetivos de Trump cambian de un día para otro, entre exigir la reapertura total y amenazar con aranceles que luego retira. Tras casi seis meses de guerra, Trump está peor que cuando empezó.

Hay una tercera lectura, más incómoda todavía, que la prensa estadounidense ha explorado menos: quién realmente paga esta guerra. El mundo entero paga precios más altos, los petroleros asiáticos en primera línea, pero también Europa y África. Los soldados estadounidenses mueren en ataques iraníes. La economía israelí, mientras tanto, bate récords: la bolsa de Tel Aviv sigue subiendo y las exportaciones militares del país crecieron casi un treinta por ciento en 2025. Es una asimetría que medios como Al Jazeera han señalado: el país que impulsó la guerra parece, por ahora, el menos expuesto a sus consecuencias.El barril de Brent cerraba la semana pasada en unos 89 dólares, veinte más que hace seis meses: la factura, otra vez, la pagan terceros países que no dispararon un solo tiro.

¿Hay entonces alguna opción real para Washington, o esto ya es solo cuestión de encontrarle otro nombre a una derrota?

Hay que distinguir tres terrenos que suelen mezclarse, y que no pesan lo mismo. El primero es el militar, y es el que menos rendimiento real ofrece. Trump puede subir la apuesta y ordenar nuevos bombardeos, como ha insinuado varias veces. Pero mientras no mande tropas de tierra, algo que ni sus propios mandos parecen recomendar, la superioridad aérea puede destruir instalaciones y barcos sin devolver la normalidad a la navegación comercial. La opción tiene, además, un límite material: los interceptores Patriot y THAAD se han reducido a la mitad o más desde febrero, y el portaaviones Abraham Lincoln lleva más de ocho meses desplegado. Cinco meses de bombardeos ya lo demostraron: es la opción de mayor costo y menor retorno, útil sobre todo como gesto hacia el electorado propio.

El segundo terreno es el legal, y su problema no es la validez del argumento sino su falta de dientes. Irán reclama sobre Ormuz una autoridad similar a la turca sobre el Bósforo, pero sin el respaldo de ningún tratado equivalente: el estrecho se rige por el derecho de paso en tránsito, y en el papel Irán no tiene ningún derecho a cobrar peaje. Tener la razón jurídica, aun así, no sirve de nada sin un mecanismo que la haga cumplir. El terreno legal es correcto y, por ahora, irrelevante.

Queda el tercero, el institucional, y es el único con verdadero potencial, precisamente porque no depende de que gane Washington o gane Teherán.El diario emiratí The National ha planteado construir un marco nuevo para Ormuz, con Irán y Omán como países ribereños y los grandes compradores de energía, China, India, Japón y Corea del Sur, como socios con derechos y obligaciones por escrito, vigilados por una comisión permanente.

Entre esos compradores, China no es uno más: es, según distintas estimaciones, el mayor comprador individual del petróleo que sale del Golfo, mantiene con Irán una relación comercial que Washington no puede replicar, y depende tanto como cualquiera de que el estrecho siga abierto. Pekín está, en teoría, mejor posicionado que Washington para presionar a Irán. Que no lo haga no es un detalle menor.

La ventaja de esta vía frente a las otras dos es que no exige vencer a nadie, solo que los países que más pierden con el estrecho medio cerrado dejen de mirar desde la banca. Su debilidad es la de siempre: exige que Pekín, Tokio, Nueva Delhi y Seúl asuman un papel activo que hasta ahora han evitado. Esa pasividad, más que la resistencia iraní o los errores estadounidenses, mantiene bloqueada la salida más razonable. Esa es, en el fondo, la pregunta geopolítica que rara vez se formula así: ¿por qué China, India, Japón y Corea del Sur siguen dejando la seguridad de una ruta vital para sus propias economías en manos de Washington y Teherán?

Falta además una explicación de fondo, poco mencionada en la prensa estadounidense, sobre por qué Trump acabó en este callejón, y tiene que ver menos con los motivos de la guerra que con su ejecución. Entró sin una estrategia clara, sin plan visible para el día después y, a juzgar por los hechos, sin tener claro cuál era el objetivo prioritario del ataque: ¿el régimen, el programa nuclear, el estrecho? La ironía es que el cierre de Ormuz no existía antes de los bombardeos: fue la propia guerra la que creó el problema que hoy Trump no logra resolver, y lo hizo varias veces pese a las reservas de sus propios asesores. Que la principal potencia del mundo libre una guerra tan mal planeada es, de por sí, motivo de alarma: es consecuencia de un gobierno que ha premiado la lealtad personal muy por encima de la experiencia técnicaal nombrar a sus asesores y responsables, en política exterior y más allá. El resultado es un cuerpo de asesores menos capaz de anticipar escenarios y menos dispuesto a frenar los impulsos del presidente. Una superpotencia que también solía ser una potencia intelectual desperdicia así su ventaja frente a un rival mucho más pequeño y pobre.

El régimen que hoy desafía a Estados Unidos en Ormuz es el mismo que ha reprimido duramente a sus opositores, que financia milicias en Líbano, Irak y Yemen, y que ha aprovechado la guerra para concentrar más poder interno: el fracaso de Trump no le regala a Teherán una victoria limpia, sino una de mera supervivencia, que la población iraní sigue pagandocomo tantas veces en la historia reciente del país: bajo sanciones, con una moneda que ha perdido más del noventa por ciento de su valor desde 2018, aislada del mundo y sin señales de apertura de su propio gobierno.

Para América Latina, y en particular para los países sin un sector energético propio de peso, esta incertidumbre prolongada en Ormuz no es un asunto lejano: cada mes de tránsito reducido presiona los precios del petróleo, encarece el transporte marítimo y golpea la inflación y el tipo de cambio de las economías importadoras de energía. Ormuz queda a más de trece mil kilómetros de Bogotá, pero su cierre parcial ya se nota, de forma silenciosa, en cada factura de gasolina y en cada contenedor que cruza el Pacífico.

En resumen: no, la guerra no está perdida del todo para Estados Unidos.Quedan salidas legales, diplomáticas e institucionales, lentas y poco vistosas, para recuperar terreno sin más bombas, aunque activarlas depende de actores, sobre todo asiáticos, que hasta ahora han preferido no involucrarse. Pero sí está perdida en lo que más le importa políticamente a Trump: no logró el cambio de régimen que en algún momento insinuó buscar, ni desmanteló el programa nuclear y de misiles que se propuso destruir. Su manejo errático del conflicto, además, le regaló a Teherán una victoria política y simbólica que el régimen exhibe puertas adentro. La paradoja final es que Estados Unidos tiene más aviones, más portaaviones y más misiles que Irán, y aun así no ha logrado que los petroleros crucen Ormuz sin pagar la sobreprima de guerra que Teherán, con sus minas y sus lanchas, sigue imponiendo de facto. Esa es la verdadera lección de esta guerra: quien tiene más poder de fuego no necesariamente tiene más poder.

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