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Columna

La importancia de lo intangible

“Probablemente en ese instante florecerá la verdadera riqueza forjada en el corazón no en bolsillos y cuentas bancarias...”.

HENRY VERGARA SAGBINI

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En Calamar, mi inolvidable terruño, vivienda de bahareque, piso de tierra, impecable y perfumada por afectos y fe religiosa, Andreína, ama de casa, y Guillermo, jornalero, su esposo amantísimo, cuidaban su rebaño sagrado: Lucía, Francisco y Jacinta, bautizados en honor a los pastorcitos de la Virgen de Fátima, respetuosos y excelencia académica, migraron a Barranquilla y, con el paso del tiempo se convirtieron en reconocidos profesionales sin perder la humildad que caracteriza a personas intachables: jamás olvidaron sus raíces, por el contrario, daban gracias a Dios por trazarles el camino. Refiero esa modesta y descomunal historia aún conmovido por sus batallas sin empellones en épocas donde, casi todo, tiene precio: compramos objetos, prestigio y afectos en frenética carrera por acumular y acumular, olvidando que lo verdaderamente importante que no se compra ni se vende es la sonrisa de un niño, la mano afectuosa que acompaña al enfermo, cálidos abrazos a los seres amados, lealtad inmaculada a tus amigos, el perdón incondicional de madres y abuelas, palabras luminosas del maestro, la esperanza que no cabe en cuentas bancarias ni se utiliza para construir inequidades.

Cuando el dinero determina cuánto valemos y las relaciones se convierten en transacciones; cuando el amor se mide por lo que materialmente ofrecemos, iniciamos caminos tortuosos, directos a los acantilados de la soledad y la indiferencia, volviendo añicos nuestro destino y, en ese instante, es preciso retornar las enseñanzas de pensadores inmortales recordándonos que, la verdadera razón de nuestra existencia, trasciende elogios y materia.

En el templo de Apolo está inscrita, sobre roca, una sentencia intemporal para el camino de la existencia humana, antes que todo: ‘Conocerte a ti mismo’, porque tarde o temprano dejaremos bienes, joyas y lujos acumulados con empeño, cuentas bancarias y títulos académicos, lo único que nos llevaremos en el alma es el amor de la familia y de intachables amigos, porque al final del terrenal camino, deberíamos preguntarnos: ¿A cuántos les dimos nuestra mano generosa para que se levantara y siguiera su rumbo?, ¿cuántas huellas de humildad dejamos a lo largo y ancho la vida?

Probablemente en ese instante florecerá la verdadera riqueza forjada en el corazón no en bolsillos y cuentas bancarias, tal como lo certificó José Ingenieros: “Los únicos bienes imprescindibles son los intangibles, acumulados en el corazón; cuando faltan, ningún tesoro terrenal prevalece ni lo sustituye”. Andreína y Francisco, allá en Calamar, intuyeron la importancia de lo intangible, sin conocer las palabras sabias del pensador italo-argentino.

Hoy los afectos no fluyen, se atrancan en recovecos del ‘¡Sálvese quien pueda!’, Ley del embudo, y generosidad teñida de avaricia, obedeciendo órdenes de voraces sanguijuelas.

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