8 de marzo

07 de marzo de 2018 12:00 AM

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Dicen que los primeros esbozos están en cuevas como las de Altamira, hace más de 15.000 años. Algunos otros en Rumania, Bulgaria y China datan de unos 8.000 años. Sin embargo, se acepta que las primeras escrituras, hace unos 5.000 años, aparecieron en la antigua Mesopotamia. De allí en adelante la escritura se generalizó con la intención de dejar un registro perenne que facilitara la comunicación y el intercambio de información. No me puedo imaginar las dificultades que pasaron, durante muchos siglos, hasta que surgieron las primeras vocales. Aunque dicen que los chinos ya tenían su propia maquinaria, un milenio antes; el Misal de Constanza, impreso en Maguncia, fue el primer libro surgido de la imprenta de Gutenberg, hace más de 500 años; de allí en adelante todo es historia impresa.

Era magia lo que hacía el abuelo al leer los menuditos e incomprensibles garabatos en el blanco papel y convertirlos en historias sonoras, sazonadas con comentarios de su propio caletre, en esos primeros años de hermoso analfabetismo. Era la magia diaria de despejar la ignorante niebla del párvulo mientras desaparecía la bruma matutina que precedía el doloroso e inevitable momento de ir al colegio. La única evidencia del sabroso ritual eran las manos del abuelo con tintas de azabache y el oloroso papel desdibujado.

Con los años, llegaron aciagas mañanas lluviosas en las cuales la humedad de la borrasca era tan fácil de secar que contrastaba con la utopía de hacer desaparecer la sangre de la página roja. La única solución, en su optimista pensamiento, era no leer las infaustas noticias, pasarlas por alto. Así, de las páginas editoriales saltaba a los deportes y a los muñequitos y, por arte de birlibirloque, el mundo era ese día mejor.

El inexorable tiempo, y el ocaso, llenó de fantasmas la mente del patriarca; los demonios de batallas irreales nublaron su otrora clara inteligencia. Por esas calendas, el único vínculo con la realidad era la lectura que, el niño de antes, le hacía de los grandes titulares; las penumbras y visiones se desvanecían con la resumida lectura de noticias; el lunes dejaba de ser viernes con las lecturas dominicales; el sol volvía a salir con el papel bajo la puerta. Aunque lo intentó, para el patriarca fue imposible reemplazar el oloroso papel, con toda y la incómoda rinitis matutina, por el aséptico computador o la estéril tableta. Estaba claro que prefería esa adorable mezcla de tinta y noticias, papel y estornudos.

Un día como mañana, hace 70 años, Domingo López Escauriaza y Eduardo Ferrer fundaron El Universal, con el objetivo de defender la democracia y la libertad de opinar e informar, a cambio del exorbitante precio de 5 centavos. El espíritu y la esencia siguen intactos por un equipo que perpetúa la famosa frase de Arthur Miller:

“Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”.

*Profesor Universidad de Cartagena

CARMELO DUEÑAS*
crdc2001@gmail.com
 

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