Adiós a dos buenos amigos

14 de junio de 2018 12:00 AM

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A principios de la década de los 90, conocí a dos personas casi simultáneamente, cuando fui Comandante de la Base Naval ARC Bolívar; una José Henrique Rizo Pombo (q.e.p.d.) y la otra Rodrigo Barraza Salcedo (q.e.p.d.). Ambos igualmente partieron de la vida terrenal casi simultáneamente el pasado 8 de junio, dejando en quienes los conocimos una huella imborrable de gratitud y aprecio.

Me referiré inicialmente a José Henrique, ingeniero de profesión, exalcalde y exministro de Estado. Dejó para Cartagena tres de las obras más importantes de la ciudad: el traslado del mercado público de Getsemaní a Bazurto; coadyuvó en la creación del Centro de Convenciones; y la gestión de las compuertas hidráulicas de La Bocana, que oxigena la ciénaga de la Virgen y sin la cual la vida acuática ya hubiese desaparecido en ella.

Nos unía un tema especial, el medio ambiente. Asistí a algunas de las tertulias, donde le exponía los riesgos que corre la ciudad por el calentamiento global y hundimiento por estar sobre una falla de volcanes de lodo y que producen el fenómeno del diapirismo, causando un hundiendo mayor que el resto del litoral Caribe; y la contaminación en ese entonces de la ciénaga de la Virgen, ocasionado por el vertimiento sin tratamiento del 60% de las aguas servidas, antes del emisario submarino; la proliferación de rellenos; y el desvío de fuentes de agua que anteriormente vertían sus aguas en la ciénaga.

El 30% de los habitantes de Cartagena habitan en sus inmediaciones, quienes sufren también el impacto en temporada de lluvias. Esto me manifestaba era también su mayor inquietud y me decía que debíamos trabajar en todos los niveles para concientizar a los gobiernos locales y nacionales de este enorme riesgo en que se encuentra Cartagena.

Con Rodrigo, por ser ganadero, el tema principal era la inseguridad, especialmente en los Montes de María, antes de la erradicación de la guerrilla y la inseguridad de la ciudad por la creación de pandillas, muchas provenientes de la guerrilla, paramilitares, narcotraficantes y algunas bandas locales, que han hecho de la ciudad su fortín.

Me manifestaba que había que trabajar mucho en la educación y fuentes de trabajo para ofrecerles otros medios de supervivencia a toda esta población delincuencial, para cambiar su modo de vida.

Ambos denotaban un sentido de patria, querían que el país tuviera estándares de producción altos, con educación, buena salud y sin pobreza. Veían cómo la corrupción permeó el Estado, añoraban un país en paz, con un enorme potencial de desarrollo industrial y agroganadero. Dios quiso llevárselos antes de tiempo, y no contaremos con sus sabios consejos, pero sí con sus ejemplos de vida dignos y meritorios.

Adiós amigos, que Dios los tenga en su gloria, a sus esposas Carmencita y María de los Ángeles, hijos y familiares, mis sentidas condolencias.

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