Aire fresco

03 de agosto de 2013 04:20 AM

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El sabio Francisco José de Caldas era obsesivo con las alturas, tanto que inventó un método para medirlas. El joven ilustrado se interesaba en la verticalidad por cuenta de sus efectos climáticos. Se le iba en ello su preciada condición de europeo americano.

El conde de Buffon, naturalista muy en boga durante el siglo XVIII, sostenía que América se encontraba en un estado de evolución retardada de plantas, animales e indígenas. Afirmaba, además, que al tipo original de una especie lo degeneraba el clima. Caldas se empeñaba en demostrar que en las benignas temperaturas andinas, Buffon no aplicaba. Pero entonces como ahora, tal excepción no se extendía a los habitantes de las tierras llanas.
Los tiempos cambian. Desde la segunda mitad del siglo pasado, se han ido modificando paradigmas climáticos gracias a la introducción del aire acondicionado. Con la electrificación, el clima artificial coloniza localidades apartadas; ya el consumo de energía eléctrica en la Costa fluctúa con la humedad relativa. No es de sorprenderse que la llanura caribe haya pasado del 13 al 22% de la población colombiana. Proceso que continúa.
Con el aire fresco la productividad aumenta hasta en el 50%. Rara es la oficina que, desde Valledupar hasta Montería, no cuente con aire acondicionado. En la grata frescura se desvanece el prototipo del costeño perezoso. Con equipos de climatización cada vez más eficientes, aislamientos herméticos e inteligente arquitectura han llegado las grandes superficies, que hacen las delicias de consumidores de cosas y entretención, aún si veces se agripan.
El aire acondicionado ha dejado de ser privilegio de ricos para ir a refrescar clases medias ansiosas de huir de la calor. Más abajo en la escala social, las gentes aspiran a graduarse del abanico y ascender a la climatización. En la escala del estatus ello va ocupando el lugar que alguna vez tuviera la compra de nevera.
La climatización, aparte de instrumento de movilidad social, está contribuyendo al auge de Barranquilla y Cartagena. Es tan importante como la buena administración pública, que sería menos eficaz en la canícula. Colombia migra hacia el mar con confort, combinación imbatible, especialmente en la era de los TLC. A los cafeteros cuyo reinado terminó irremisiblemente se les sugiere migrar en vez de parar. La respiración artificial a una caficultura sin futuro estaría mejor empleada en relocalizarlos con aire acondicionado.
Don Sancho Jimeno castellano del San Luis de Bocachica en 1697, se retiró a su hacienda en las estribaciones de las colinas de Turbaco una vez rendido el fuerte. Ese era el trato. Llevó la espada (con empuñadora de cobre apenas dorado) que le obsequió el comandante corsario, Barón de Pointis, como testimonio de admiración por su bravura. En las faldas de la montañuela refrescaba desde el atardecer para deleite de don Sancho. Ahora se puede conseguir lo mismo a pleno sol. Profundo cambio cultural.

rsegovia@axesat.com
 

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