Bombas para la paz

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En uno de sus más reciente libros, Bombas de intuición (Intuition Pumps, publicado en español por el Fondo de Cultura Económica), el filósofo estadounidense Daniel Dennett nos ofrece un variado y útil conjunto de herramientas de pensamiento que nos ayudan a bombear, propulsar y exprimir nuestras ideas y razonamientos.

Ello es útil, dice Dennett, porque “Pensar es difícil… el pedregoso camino a la verdad compite con seductores caminos más sencillos que resultan ser callejones sin salida. La mayor parte del esfuerzo que implica pensar consiste en resistir estas tentaciones”.

Una de las más bellas bombas de intuición son las Reglas de Rapoport, guías diseñadas para que, cuando critiquemos las ideas o planteamientos de otras personas, lo hagamos con rigor y justicia: 1. Intenta volver a expresar la posición del otro con tal claridad, viveza e imparcialidad que él mismo diga «Gracias, desearía haberlo expresado yo así»; 2. Haz una lista de todos los puntos en los que tú y el otro están de acuerdo; 3. Menciona todo lo que hayas aprendido del argumento del otro; 4. Sólo entonces permítete plantear tus críticas sobre las ideas o planteamientos del otro.

Leer este magnífico libro es una entretenida e informativa travesía que surca varios de los grandes temas de la filosofía contemporánea -el significado, la inteligencia artificial, la evolución, la conciencia y el libre albedrío. Y lo hace al tiempo que nos enseña una gran cantidad de herramientas prácticas para bombear nuestro propio pensamiento.

Pero, además, como lo muestra el ejemplo de las Reglas de Rapoport, usar muchas de estas herramientas de pensamiento contribuye a fortalecer la razón pública: el ir y venir de argumentos que, desde las pequeñas conversaciones cotidianas hasta los grandes debates políticos, constituyen el entramado de ideas y planteamientos -de tonos y estilos- que trasciende en las decisiones que tomamos como colectividad.
En otras palabras, si seguimos admitiendo que sean los bombazos de odio, los llamamientos al terror y las retóricas de la descalificación las que definan y gobiernen nuestros juegos de lenguaje, tendremos que aceptar también que así serán los tonos y los estilos que marquen el rumbo de la sociedad y el territorio compartido que hereden nuestros hijos.

¿Podemos cambiar las bombas de terror -tanto las materiales como las lingüísticas- por herramientas de pensamiento que bombeen lo mejor de nosotros por los cauces de una deliberación pública que finalmente nos conecte a todos con el hecho de que navegamos juntos?
Aceptemos el reto.

*Profesor, coordinador del Grupo Regional de Memoria Histórica de la UTB

COLUMNA EMPRESARIAL
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